La Biblia dice en Filipenses 3: 20-21

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; 21 el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.

Introducción

Pablo llegó a la ciudad de Filipos en su segundo viaje misionero acompañado de Silas. Allí fue detenido porque unos hombres que tenía como esclava a una joven adivina los acusaron de haberles echado a perder su negocio cuando Pablo la liberó de las ataduras diabólicas que le daban esa capacidad.

Fueron detenidos, azotados y encarcelados y a media noche mientras entonaban himnos en lo más profundo de la cárcel un terremoto sacudió la ciudad y las paredes de la prisión cayeron y entonces el carcelero se asustó porque si los presos huían él pagaría con su vida, pero Pablo le dijo que no lo hiciera porque nadie había escapado.

Ese hecho se divulgó por toda la ciudad de tal suerte que muchas personas creyeron en el evangelio de Cristo en Filipos, una ciudad que albergaba mayoritariamente a ciudadanos romanos que tratando de evitar el bullicio de la capital romana, optaron por fundar esta ciudad donde contaban con todos los beneficios de su condición de ciudadanos romanos.

En tiempos del apóstol Pablo la más grande aspiración que las personas tenían era convertirse en ciudadanos del imperio más poderoso del mundo porque ello les daba además de seguridad jurídica, la posibilidad de contar con otros beneficios que los esclavos no tenían.

Roma diseñó un sistema legal que partía de la nacionalidad de sus habitantes. A diferencia de otras naciones, los romanos estaban profundamente interesados en que los habitantes de sus territorios estuvieran perfectamente identificados. La ciudadanía se adquiría por nacimiento, por adopción y por adquisición con dinero.

Casi la totalidad de quienes vivían en Filipos eran ciudadanos romanos que habían adquirido su nacionalidad por esas tres vías. Era un honor, un privilegio y por qué no, un motivo de orgullo no ser esclavo, sino ciudadano de un imperio que gobernaba a todo el mundo entonces conocido.

Pablo aprovecha esta situación en la iglesia para hablar de la otra ciudadanía, la más valiosa, la más importante y relevante: la ciudadanía de los cielos que hace de los creyentes personas con doble nacionalidad: una terrenal y otra celestial.

Pablo sabía perfectamente que esta condición: la ciudadanía terrenal y la ciudadanía celestial podían entrar en tensión y por eso les escribió a sus amigos los Filipenses para mostrarles que era necesario comprender que ante una disyuntiva de ese tamaño se debía optar por el reino de los cielos.

Eso quiere decir que nos habremos de desentender de lo que sucede en este mundo. Claro que es importante participar, por ejemplo, en las elecciones de este próximo domingo. Somos mexicanos y como tales debemos actuar para que nuestra patria salga adelante, pero no debemos ser ingenuos el único cambio verdadero es el que hará Cristo.

Elecciones 2024: La doble ciudadanía del creyente
A. La ciudadanía celestial
B. La ciudadanía terrenal

A. La ciudadanía celestial

Pablo le dice a sus hermanos de la iglesia de Filipos que ellos tenían un ciudadanía más valiosa que la romana.

Se los expresa de la siguiente manera: Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.

Ellos entendían perfectamente lo que Pablo les estaba diciendo porque ellos conocían la diferencia entre un ciudadano romano y un esclavo. El ciudadano tenía derechos de toda clase, el esclavo era casi, casi, un objeto sin ningún valor que podía incluso ser arrojado a un lago de cocodrilos sin ninguna penalidad para su amo.

El cristiano tiene esta nacionalidad a partir del momento que acepta y reconoce a Cristo como su único y suficiente Salvador. Es un reino estrictamente espiritual con un Rey gobernando, con un código que obedecer o poner en práctica y con obligaciones y derechos que tiene a su alcance.

La palabra griega que se usa en este verso y por única vez es “politeuma” que literalmente significa “comunidad” y/o “común oficio”. Procede de dos vocablos uno de ellos es Politeia que la manera en que se nombraban las ciudades del imperio romano, pero en particular aquellas como la de Filipos donde vivían ciudadanos en pleno goce de sus derechos.

Pablo le dijo a sus queridos hermanos de la iglesia de Filipos que ellos eran ciudadanos del reino de los cielos o que su ciudadanía estaba en los cielos, de donde esperaban a Jesucristo, lo que nos permite acercarnos a una verdad importantísima para nuestras vidas: el cambio completo y vital que va a suceder en este mundo será cuando Cristo vuelva.

Para Pablo esa ciudadanía era la más valiosa de todos porque con ella les garantizaba ser partícipes del retorno de Cristo.

B. La ciudadanía terrenal

En el verso veintiuno Pablo dice así: el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.

El planteamiento que hace Pablo es sencillo, los seres humanos somos imperfectos. Si bien nos asombran las grandes obras de arte y los descubrimientos fantásticos de estos tiempos, es necesario recordar que aun así seguimos teniendo muchas fallas que serán subsanadas solo cuando se produzca una profunda transformación.

Solo el poder de Dios puede hacer ese cambio. Nadie más.

Estamos a ocho días de que se lleven a cabo los comicios. Todos debemos participar. Debemos hacer uso de nuestra ciudadanía con entusiasmo, sufragando por el candidato o candidata de nuestra preferencia. Hemos de votar por presidente de la República, senadores, diputados federales, diputados locales y presidentes municipales.

Sufragar es un derecho y una obligación de los ciudadanos, pero no debemos ser ingenuos entre tantos candidatos hay muchos que no representan absolutamente nada, sino a su propios y aviesos intereses, pero de cualquier forma debemos salir a votar pidiendo la dirección y sabiduría divina.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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