La Biblia dice en Marcos 5:30

“Jesús, dándose cuenta de que había salido poder de él, se volvió a mirar a la gente, y preguntó: ¿Quién me ha tocado la ropa?”

A Jesús lo seguían multitudes que lo apretujaban, lo cercaban, lo tocaban buscando de su persona un milagro, una ayuda, una palabra de ánimo. Conforme su fama se extendía le resultaba casi imposible pasar desapercibido donde se presentara y eso fue lo que sucedió en Capernaum donde ocurrió el relato de la mujer con derrames de sangre.

Ella había escuchado que Jesús sanaba enfermos y decidió buscarlo. Hasta allí no había problema alguno, pero ella se trazó un plan más atrevido: quiso tocar su manto o capa como dice la versión Dios Habla Hoy. Ella sabía perfectamente que no podía hacer eso porque su flujo de sangre la hacía impura y todo lo que tocará se volvía automáticamente impuro.

Sin embargo, ella decidió hacerlo y para que nadie notara su atrevimiento lo hizo por la espalda de Jesús. Jesús supo del mal de esa mujer mucho antes que ella se acercara a él. Supo de sus sufrimientos, sin embargo cuando el milagro ocurrió en la vida de ella, cuestionó a todos: quién lo había tocado.

Los discípulos le respondieron que era demasiada gente la que se arremolinaba en su entorno que era ocioso preguntar eso, sin embargo Jesús interrogó. Uno puede pensar: si él sabía perfectamente quien lo había hecho, por qué entonces tratar de averiguar quien lo había hecho.

La razón estriba en hacerle ver a esa mujer que lo acontecido en su vida en ese momento fue resultado del poder de Dios. No había sido algo fortuito, ni tampoco algo accidental, había sido el propio Jesús quien le sanó porque era el Hijo de Dios encarnado y entonces a Dios debía la recuperación de su salud.

La lección que nos deja esta historia es que debemos recordar siempre que todo lo que obtenemos en esta vida se lo debemos al Señor. Que no es nuestra capacidad, talento o dones lo que hacen posible los milagros, ni nuestro arrojo, ni nuestra valentía o disciplina, sino única y exclusivamente la gracia del Señor.

Jesús no preguntó una obviedad cuando cuestionó: ¿quién me ha tocado? Sino lo que hizo fue mostrar que todo bien procede de él. Que a él le debemos todo y que nunca debemos olvidar que sin él nosotros no obtendríamos nada.

Cuando la tentación de creernos el centro de todo lo que acontece en nuestras vidas recordemos que Dios y solo Dios es quien obra.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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