La Biblia dice en 2ª Corintios 3:18

“Por eso, todos nosotros, ya sin el velo que nos cubría la cara, somos como un espejo que refleja la gloria del Señor, y vamos transformándonos en su imagen misma, porque cada vez tenemos más de su gloria, y esto por la acción del Señor, que es el Espíritu.”

Pablo toma el pasaje del retorno de Moisés del monte Sinaí al campamento hebreo en el desierto cuando tuvo que ponerse un velo debido a que la manifiesta gloria del Señor no pudo ser soportada por los judíos que le pidieron se cubriera para poder hablar con él, a lo que el sumiso y manso líder aceptó, para enseñarnos una verdad incontrovertible.

Lo hace para presentar el gran contraste entre la actitud de Moisés y la del creyente de estos días, ya que tanto en el gran legislador como en los creyentes en Cristo Jesús la gloria del Señor ha venido a reposar. Incluso los hijos de Dios redimidos con la sangre del cordero no solo no son como un velo que cubre, sino un espejo que refleja la gloria del Señor.

Las palabras de Pablo no apelan a lo místico o a la idea de una aurea resplandeciente en la vida de los salvos por la fe, sino más bien apela a la continua y permanente transformación que produce el Espíritu Santo en sus vidas. Se trata de la obra de transformadora en la existencia de quienes han creído en Cristo Jesús.

Eso nos lleva a reflexionar que una vez que hemos reconocidos nuestros pecados ante el Señor, comienza un proceso permanente de cambio o mutación para bien en la vida de los discípulos del Señor. Queda claro que un hombre jamás será el mismo una vez que ha sido tocado por el Santo Espíritu del Señor.

Se trata de recordarnos la necesidad de someternos al control y dominio del Señor para justamente ser como un espejo que muestre la gloria del Señor a quienes nos rodean y puedan admirar las portentosas obras que Dios hace en la vida de quienes se dejan guiar y dirigir en esta vida.

Pablo apela a que nos quitemos el velo que no permite a los demás conocer a través de nuestras vidas lo que Dios es capaz de hacer cuando alguien le deja entrar en su existencia y le entrega plenamente su corazón. El apóstol dice que esa clase de persona se convierte en un espejo que refleja la presencia de Dios.

Siguiendo la metáfora paulina podemos afirmar que hemos sido llamados a ser espejos que muestra plena y totalmente la grandeza e inmenso poder del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, a través de la persona de Jesucristo, que modifica sustancialmente nuestro interior para mostrar a todos que él no es una religión sino una relación viva.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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