La Biblia dice en Malaquías 1:13

“Ustedes dicen: ‘¡Ya estamos cansados de todo esto!’ Y me desprecian. Y todavía suponen que voy a alegrarme cuando vienen a ofrecerme un animal robado, o una res coja o enferma.”

Malaquías confrontó a sus compatriotas con duras palabras porque habían llegado a ese momento de hastío y cansancio de rendirle tributo a Dios. Habían llegado al límite de sus fuerzas humanas y comenzaron a cumplir haciendo es el esfuerzo mínimo con sus deberes espirituales.

A los judíos de la generación del profeta les aconteció lo que pasa cuando después de muchos años de hacer la misma actividad, la misma se vuelve una losa pesada, cuando las obligaciones espirituales se hacen sin pasión, sin alegría y se convierten en una carga porque se han dejado de disfrutar.

Algunas versiones en lugar de la frase “estamos cansados” traduce “¡Qué fastidio!”. Esta expresión nos ofrece la lamentable condición en la que estaban los hebreos del tiempo del vidente del Señor porque el fastidio es propio de quienes hacen algo o alguna actividad solo por cumplir, de mala gana y con deseos, en realidad, de no hacerlo.

Llegar ante la presencia de Dios fastidiados o cansados de hacer lo de siempre produce una actitud incorrecta ante el Creador. Nos hace llevar ante la presencia de Dios no lo mejor que él merece sino lo que tenemos a la mano, no importa si está bien o es perfecto. Lo que interesa es solo cumplir, sin que interese la calidad o cualidad de lo ofrecido.

Quien está fastidiado del servicio a Dios le ofrece lo que le sobra, le entrega lo que no vale, le da al Creador y Dueño del universo lo que no cuesta nada, pensando que con cumplir es suficiente y eso desagrada profundamente a Dios porque degrada su grandeza y hace ver el corazón desviado de sus criaturas.

La única manera en la que podemos ofrecer siempre al Señor lo mejor y no cansarnos ni fastidiarnos de su servicio es recordar que en realidad él ni nos necesita. Nosotros somos los grandes necesitados. Él existe con nosotros o sin nosotros, pero nosotros no podemos vivir sin él.

Dios es Dios siempre jamás se degrada. En cambio nosotros somos tan finitos, tan débiles, tan frágiles que lo necesitamos siempre. Cuando recordemos eso dejaremos de ofrecerle lo que nos sobra y estoy seguro que el fastidio desaparecerá en automático de nuestras vidas para dar paso al servicio incondicional, dándole lo mejor de nosotros.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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