La Biblia dice en 1ª de Corintios 1:31

“De esta manera, como dicen las Escrituras: Si alguno quiere enorgullecerse, que se enorgullezca del Señor.”

La iglesia de Corinto concentró creyentes de todos los estratos sociales y también de diferentes niveles de formación académica, pero los pobres e iletrados eran mayoría y eso les hacía objeto de menosprecio tanto externa como internamente, sobre todo a quienes carecían del conocimiento que fomentaban filósofos y pedagogos de ese tiempo.

Pablo procede entonces a escribirles a estos atribulados hermanos para explicarles que su elección nació de un plan bien concretó por parte de Dios, quien los eligió justamente para avergonzar a los sabios, esto es a los griegos o no judíos y para hacer celar a los judíos que demandaban señales para creer en Cristo.

El centro de la controversia para los enemigos de la cruz era justamente que les resultaba difícil creer que un hombre ejecutado en la cruz pudiera tener alguna aportación a la vida de los seres humanos. La cruz en aquellos años era un horrible muerte destinada para seres marginales, no para ciudadanos de bien. Jesús, entonces, no podría ser confiable.

Y por ello para los sabios, sabios en el sentido de la filosofía griega, la predicación de Pablo y la conversión de las personas era una locura, una tontería, algo absurdo e ilógico. Cómo aceptar que un hombre muerto de manera accidental y horripilante pudiera hacer algo por los demás cuando no hizo nada por sí mismo, como evitar su muerte.

Ese era el punto y eso hacía a los creyentes de Corinto blanco de burlas y señalamientos de haber perdido la razón, pero Pablo les aclara que en realidad lo que Dios hizo fue justamente embotar la razón de los sabios porque escogió lo vil y menospreciado para avergonzarlos a ellos tan conocedores, tan racionales y tan pensantes.

En cambio los creyentes de la iglesia de Corinto eran plebeyos y esclavos, pero en esa condición, que a Dios no le importaba, los eligió justamente para mostrar que lo sabio al estilo humano no tiene cabida en el reino de los cielos. Ellos eran importantes para Dios, sin importar su condición social.

Los sabios presumían su sabiduría, los nobles su estatus social y los creyentes también podrían presumir, pero ellos, lo harían con el Señor, es decir sentirse sumamente satisfechos con haber sido salvados.

El creyente, entonces, si ha de presumir algo, es su salvación. No puede ni debe bajo ninguna razón avergonzarse, hay mucho por lo cual jactarse e incluso se nos permite fanfarronear: que hemos sido salvados por la sangre de Cristo. Es un honor y orgullo haber sido alcanzados por la gracia divina, nunca un motivo de pena o vergüenza.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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