La Biblia dice en Salmos 84:2

“¡Con que ansia y fervor deseo estar en los atrios del templo! ¡Con todo el corazón canto alegre al Dios de la vida!”.

Para los hebreos el templo de Jerusalén representaba la presencia de Dios. Acudir allí era una señal de querer tener comunión con el Creador. Era una decisión que comunicaba su pasión o apatía por lo espiritual. Allí podían celebrar gozosamente al Dios que les había dado libertad.

El autor del salmo ochenta y cuatro nos lleva a reflexionar sobre la morada de Dios. Para él, el templo de Jerusalén constituía el lugar más especial que puede haber en esta tierra y por eso ansiaba de manera fervorosa acudir allí. Para él era la cita más importante que ser humano puede tener.

Había descubierto que ese lugar tenía algo especial para su vida, había descubierto que Dios moraba allí y que al asistir a ese recinto su vida experimentaba sensaciones que ningún otro espacio le daba. Allí experimentaba dicha, seguridad, calma, certeza, pero sobre todo encontraba descanso.

Por eso a sus visitas agregaba cantos al Señor, pero no cualquier clase de cantos, sino cantos alegres de todo corazón. Al Señor se le debe cantar de esa manera porque vive y vive para siempre. No se le puede ni se le debe ofrecer algo distinto porque él tiene millones de ángeles que de día y de noche sin cesar le tributa la honra y gloria que merece.

El salmista nos quiere enseñar la pasión por la casa del Señor, desvivirse por ella, no tener otro bien fuera de ese lugar por lo que Dios representa para la vida de cada uno de nosotros. Los beneficios de habitar allí, que los hay, son secundarios frente a la posibilidad y privilegio de encontrarnos con el Creador del cielo y de la tierra.

El autor del salmo vivía en una ansiedad permanente. No tenía otra alegría que acudir a la morada del Eterno. Esa era su mayor alegría en la vida y para lo que existía porque había descubierto que en la presencia de Dios todo se ve tan distinto que su gracia es suficiente para enfrentar cualquier adversidad.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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