La Biblia dice en Habacuc 3:19

“Porque el Señor me da fuerzas; da a mis piernas la ligereza del ciervo y me lleva a alturas donde estaré a salvo.”

El capítulo tres del libro de Habacuc es en realidad un salmo que podían usar y de hecho usaron los cantores para entonarlo en el templo de Jerusalén con instrumentos de cuerda y en dicho canto el profeta despliega una alabanza a Dios después de conocer el futuro desolador del pecaminoso pueblo de Israel.

El vidente, que se inconformó ante Dios porque solo le hacía ver violencia en el pueblo escogido, fue alertado y prevenido de la llegada de los babilonios que vendría a la capital de Israel a saquear sus tesoros, destruir el templo y exiliar a casi la totalidad de la nación hebrea a Babilonia, donde estarían setenta años.

Ante tal determinación divina el profeta se rinde a Dios y compone este hermoso salmo que es, no solo el reconocimiento de la grandeza del Creador, la petición de su intervención y la oración porque Dios se apiadara de su pueblo, sino también la firme convicción de confianza en su mano poderosa.

En medio de la desolación y la tragedia, Habacuc nos muestra que el único que puede darnos fuerza para enfrentar la calamidad y los días aciagos es Dios. El dolor que a veces no desaparece solo puede ser tratado por el Señor. Nadie más puede atenderlo, calmarlo o sosegarlo porque nos aplasta. Solo Dios puede darnos fuerzas para esas terribles horas.

Pero, además de ellos, puede darnos la capacidad de superarlo. La figura retórica de un ciervo veloz que baja a beber agua al río de los valles y luego vuelve a subir a las alturas de los montes es verdaderamente ilustrativa porque nos muestra el enorme poder de Dios para sustentarnos a fin de elevarnos en medio de las dificultades.

Habacuc supo que vendrían días de gran dolor para su pueblo y supo que el único refugio seguro para él era Dios. Nadie mejor que el Señor para esos días en los que la tribulación atrapa nuestro corazón. Solo allí encontraremos fuerza, valor, vigor y aliento para remontarnos por encima del dolor.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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