La Biblia dice en Salmos 105:1

“¡Alabado sea el Señor! Den gracias al Señor, porque él es bueno, porque su amor es eterno.”

En el libro de los salmos encontramos cientos de razones por las que debemos disponer nuestro corazón para alabar a Dios y ser agradecidos con él. El salterio judío nos ofrece toda clase de motivos para acercarnos ante el Creador y rendirle toda clase de tributo no solo por lo que hace, sino por lo él es.

En sentido contrario no existe una sola razón para no agradecerle, exaltarle o bendecirle porque él es bueno y su misericordia o amor es para siempre. En el Señor jamás encontraremos malas intenciones, tampoco debemos pensar que sus motivaciones nacen de la envidia o el resentimiento. Dios no es así. Dios es bueno.

A esa conclusión llega el autor del salmo ciento cinco luego de revisar la historia del pueblo de Israel. Dios los escogió, apartó, seleccionó y los bendijo entre todas las otras naciones que ya existían cuando llamó a Abraham y nunca más apartó su mano de sobre ellos, salvándolos una y otra vez, a pesar de sus rebeliones.

El actuar de Dios con esa nación nos deja perplejos a todos porque el Señor no descansó hasta que los introdujo a la tierra que había prometido al patriarca Abraham, a pesar de su insolencia y obstinación los llevó de la mano a la tierra que fluye leche y miel y aún allí ellos fueron indiferentes, infieles y fríos con su Creador.

Fueron separados de su tierra en dos ocasiones. La primera por el imperio babilónico por setenta años y luego por casi dos mil años por el imperio romano que en el año setenta de nuestra era destruyó el templo de Jerusalén y exilió a los judíos que por casi veinte siglos, en los que vagaron por todo el mundo.

Sin embargo hoy viven allí. Israel florece, se desarrolla y desde su territorio espera al Mesías. Somos testigos del inmenso amor que Dios les prodiga por eso podemos decir como el salmista: ¡alabado sea el Señor! y ofrecerle nuestra más profunda gratitud porque ese amor mostrado a su pueblo ahora nos lo ha prodigado a nosotros que somos su amada iglesia.

Cómo no reconocer que es bueno si a pesar de nuestras rebeliones como hijos suyos su amor no ha dejado de fluir hacia nosotros. Como no vivir agradecidos ante su inconmensurable misericordia si su amor brilla, resplandece y nos ilumina el rostro cada día en todo tiempo.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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