La Biblia dice en Lucas 17:17

“Jesús dijo: ¿Acaso no eran diez los que quedaron limpios de su enfermedad? ¿Dónde están los otros nueve?”

El relato de los diez leprosos sanados que narra el evangelista Lucas nos llevan a reflexionar sobre la gratitud, una virtud que necesariamente tenemos que cultivar porque no nacemos con ella y es que al carecer de ella nos convertimos en seres aborrecidos y aborrecibles porque un ingrato es un ser despreciable al ser incapaz de reconcer bienes recibidos.

Jesús sanó diez leprosos. Es de suponerse que eran nueve judíos y un samaritano. Los diez gritaron, clamaron, suplicaron y rogaron para que Cristo los sanase y Jesús obró el milagro de una manera inusual: los envió con el sacerdote y mientras iban camino al templo de Jerusalén recibieron su sanidad.

Pero una vez sanados, solo uno de los diez retornó a glorificar a Dios, en otras palabras regresó a agradecer la maravillosa señal de la que fue objeto por parte del Señor. Del resto, no se supo nada más, lo que nos deja en claro que los seres humanos somos así: cuando la necesidad nos ahoga rogamos y suplicamos, pero una vez suplida olvidamos la ayuda.

La gratitud es un reconocimiento a nuestra necesidad suplida. Es tener presente que una vez estuvimos en una gran necesidad y alguien nos tendió la mano y gracias a ese socorro pudimos salir adelante. No podíamos con nuestras propias fuerzas y alguien más lo hizo por nosotros. La gratitud es un recuerdo imborrable por el auxilio brindado.

Es una virtud que se desarrolla porque no nacemos con ella, como he dicho anteriormente. Es una prenda que distingue gratamente a sus portadores porque exhibe claramente lo que hay en su corazón. El agradecimiento nos pinta de cuerpo completo ya que revela completamente lo que somos como personas.

Una persona agradecida valora y estima a quien le tendió la mano. Tiene una memoria que guarda en la parte más sensible de su corazón a quien fue su apoyo en momentos de gran apremio. El corazón agradecido nunca olvida. Tiene presente siempre quien fue su auxilio en situaciones de profunda tensión.

El desafío que Jesús nos lanza con esta historia es justamente esa: no olvidar a quienes nos hicieron bienes y tener presente que siempre somos seres necesitados y tarde o temprano podríamos regresar a quien fue nuestra ayuda oportuna.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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