La Biblia dice en Josué 24: 15

“Pero si no quieren servir al Señor, elijan hoy a quién van a servir: si a los dioses a los que sus antepasados servían a orillas del Éufrates, o a los dioses de los amorreos que viven en esta tierra. Por mi parte, mi familia y yo serviremos al Señor.”

Muy poco se nos habla de la familia de Josué en la Escritura. Oseas, como en realidad se llamaba, pero Moisés le cambió el nombre por Josué porque en el hebreo ambos nombres se distinguen únicamente por una letra, aparece en la escena desde tiempos tempranos del Éxodo judío y casi nada se dice de su familia. 

Sin embargo en uno de sus últimos discursos que registra el libro que lleva su nombre, expresa de manera categórica, contundente e indubitable que él y su familia servirían al Señor. Lo dice en tiempo presente, no en pasado, ni en futuro, sino en el ahora como un compromiso sin ninguna clase de concesión. 

Habían pasado ya los cuarenta años del trayecto de Egipto a la tierra prometida y habían pasado otros tantos años de introducir a las doce tribus al territorio que Dios le había prometido a los patriarcas que les daría a sus descendientes, y Josué no parecía ni cansado, ni agotado, ni decepcionado y mucho menos frustrado de lo que había hecho con su vida. 

Al contrario sus palabras y su actitud son conmovedoras porque se encuentra en la última etapa de su vida y sigue con el mismo talante y empeño como cuando era joven y estuvo, un poco lejos, pero estuvo con Moisés cuando subió al monte Horeb para ver que se le ofrecía y también levantándole los brazos para que Israel prevaleciera en una guerra. 

Y allí seguía con el mismo ánimo, con el mismo entusiasmo y con las mismas ganas de servir a Dios, pero ahora con su familia. Ya no era él sólo, sino con su esposa, hijos e hijas. Había logrado influenciar a quienes vivían bajo su techo y había alcanzado el mejor de los logros que un líder puede tener: influir en su familia. 

Lo logró por su determinación, por su entrega a la causa que abrazó con todas sus fuerzas y por su convicción de que lo mejor que puede haber en esta vida es entregar la existencia a servir a Dios, sin importar las condiciones, sin considerar lo que se pierde y sobre todo teniendo presente que Dios es digno de toda honra y gloria. 

A Josué no le importó lo que hacían otros, él estaba seguro de que lo que hacía sería valorado y recompensado por Dios y eso era lo únicamente importante, por eso hasta sus últimos días, siguió con lo que había comenzado cuando era un jovencito. Desde que comenzó hasta que sus últimos días él sirvió a Dios. 

Comenzó solo, pero terminó junto con su familia lo que tanto le apasionaba: servir al Señor. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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