La Biblia dice en Salmos 95:6

“Vengan, adoremos de rodillas; arrodillémonos delante del Señor, pues él nos hizo.”

Para muchos el salmo noventa y cinco fue escrito para acompañar la celebración de Sucot, palabra hebrea que nosotros traducimos al español como tienda o casa de campaña, fiesta que les recuerda a los hebreos su largo trayecto de cuarenta años por el desierto luego de salir de Egipto.

Aunque el salmo no tiene inscripción que nos permita asegurar que el canto haya sido ocupado para esa conmemoración, su contenido parece darles la razón porque en algunos versos se recuerda vívidamente lo sucedido en el periplo de cuatro décadas entre los judíos y su Libertador.

El llamado del salmista es adorar al Señor con tal intensidad que los adoradores deben arrodillarse y postrarse ante el Señor. Las expresiones implican una actitud de humildad y humillación del creyente hacia su Dios, que más allá de lo físico o postura del cuerpo, implica la condición del corazón.

El salmista expresa que este llamado lo hace por una sola razón: Dios no hizo. Se trata de la criatura reconociendo a su Creador, luego entonces nos lleva a la idea de nuestra absoluta dependencia de Dios porque en sus manos no solo están las profundidades de la tierra, sino nuestra vida misma.

Los seres humanos vivimos porque así le place a Dios. Cuando él decide recogernos de esta tierra lo hace sin que valga argumento o razón alguna. Él es el dueño de la vida. Nosotros no poseemos nada, todo lo que tenemos casas, vehículos, bienes, etcétera, solo tiene sentido si vivimos, si no, no tienen ningún valor.

El salmista nos recuerda donde está el origen de la vida y también donde se encuentra su preservación. Dios es la fuente de la vida y al adorarlo como merece y es digno de su grandeza nosotros estamos tomando la actitud correcta porque estamos reconociendo que nosotros no tenemos nada.

Bendecir a Dios arrodillados y postrados no solo con nuestro cuerpo, sino con nuestro corazón es la mejor forma de demostrarle al Señor que reconocemos que de su presencia surge y se mantiene nuestra vida y que nosotros somos nada ante su grandeza e inmenso poder.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

Deja tu comentario