La Biblia dice en Miqueas 5:2

“En cuanto a ti, Belén Efrata, pequeña entre los clanes de Judá, de ti saldrá un gobernante de Israel que desciende de una antigua familia.”

Cuando Dios miró el corazón de David hizo un compromiso eterno con él y le dijo que luego de muerto, él levantaría de su descendencia un rey cuyo reinado abarcaría el mundo entero, que no acabaría jamás y que todos sus enemigos quedarían subyugados y le precisó que nacería en la misma ciudad que él había nacido: Belén.

Esa ciudad es una antiquísima villa que se menciona por primera vez en el libro de Génesis con el nombre de Efrata. En ese lugar murió Raquel cuando daba a luz a Benjamín, su segundo hijo y es de las ciudades en el mundo con mayor antigüedad porque hoy en día sigue habitada. Es un lugar con miles de años de historia.

Belén está asentada en lugar desértico al sur de Israel y hasta ahora con el retorno de Israel a su patria ha ido modernizándose, pero hace dos mil años, en los tiempos del Señor Jesús, era simplemente una villa con personas dedicadas al pastoreo de ovejas que eran utilizadas para los sacrificios en el templo de Jerusalén y también para la producción de telas.

Y ese lugar fue el testigo presencial del nacimiento de Cristo, pequeña a los ojos de los hombres, insuficiente para otros más e indigna para recibir al Mesías hebreo, pero fue elegida por Dios para mostrar al mundo y enseñarnos a mirar con otros ojos siempre lo que tenemos frente a nosotros.

Desde el lugar que escogió el Señor para enviar a su Hijo a nacer debemos aprender siempre que el Señor tiene una forma muy particular y peculiar para tratar la soberbia humana. Los seres humanos solemos conducirnos con mucha arrogancia y para frenar esa actitud Dios despliega obras como hacer el más grande milagro en un lugar sin atractivo.

La humanidad entera desprecia con gran facilidad lugares y personas que viven modestamente, sin grandezas y para tratar con esa actitud equivocada Dios hace obras como la de hacer que su Hijo llegué a un lugar sin atractivo, sin ninguna clase de grandeza, sino como una ciudad más de las muchas que hay en este planeta.

De esa forma Dios nos recuerda que exalta a los humildes y humilla a los poderosos para que aprendamos a encontrar lo valioso, lo importante, lo vital y lo único por lo que vale la pena vivir en la sencillez de la vida, en lo que está a la mano y no se necesita dinero para comprarlo como la paz que irradia su presencia y que brilló con tanta fuerza en Belén.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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