La Biblia dice en Juan 1:27

“Y que viene después de mí. Yo ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias.”

Juan sacudió la vida religiosa de su tiempo. Los fariseos dominaban las discusiones teológicas de esos días e imponían sus opiniones doctrinales y de interpretación de la ley mosaica sin ninguna clase de contrapeso. Nadie parecía ponerles objeción alguna a sus descabelladas y erradas interpretaciones de la Torá judía.

La predicación de Juan el Bautista conmocionó a sus contemporáneos. Era una predicación dura, un llamado vehemente a un cambio radical que incomodaba a muchos porque era directa. Juan no quería quedar bien con nadie y en consecuencia no agradaba a nadie ni le endulzaba los oídos a nadie. Era un fogoso predicador que sacudía la religión hebrea.

Fue tan impactante su enseñanza que ocurrieron varios hechos. Comenzó a tener discípulos. Sin proponérselo tuvo adeptos que lo empezaron a imitar. En segundo lugar la gente acudía a oírlo hasta Betábara al otro lado del Jordán en una región desértica y en tercer lugar los fariseos realizaron una investigación para saber de quien se trataba. Juan fue famoso.

Pero el éxito que tuvo como predicador no lo engulló y no se volvió altivo. Sabía de antemano que su función dentro del plan de la salvación que Dios tenía delineado era la de un heraldo que anuncia la llegada del rey. Su papel era secundario. No era el protagonista. No era el centro, sino periferia.

Y por eso cuando le interrogaron si él era el Mesías contestó de una manera sencilla y simple: No. Yo no soy. Y cuando estableció la relación entre el Mesías y él fue muy claro al precisar que frente a la grandeza de Jesús no tenía nada que hacer porque frente al Verbo o Logos no era absolutamente nada.

“Ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias”, dijo para expresar que estaba más abajo que un esclavo. Una de las primeras funciones que los siervos tenían cuando sus amos llegaban a su casa era justamente desabrochar su calzado para que sus pies tuvieran descanso. Esa era su labor por la cual los contrataba.

Juan el Bautista dijo que ni siquiera era digno de eso y con ello nos mostró que el brillo en nuestra labor es de Cristo. Que la gloria y honra solo son suyas y que nosotros somos como esos siervos y aún más porque somos indignos de tanta y tanta grandeza de nuestro Salvador y no debemos bajo ningún motivo pensarnos mejores que nadie.

La fama, el éxito de su ministerio, su espectacular llamado no cambió para nada el corazón de un hombre que desde un principio supo que todo lo que hacía era por la gracia y compasión del Señor y de ningún modo tenía que ver con su persona, habilidades o talentos que podía tener.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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