La Biblia dice en Lucas 3:16

“Él es más poderoso que yo, que ni siquiera merezco desatarle la correa de su sandalia.”

La predicación de Juan el Bautista era poderosa. La gente lo oía con atención, desde los fariseos y escribas, a los que sus palabras los dejó sin aliento que llegaron a decir que tenía demonio cuando vieron su genuina austeridad de vida en el desierto, hasta los soldados romanos y pueblo en general que acudía a Enón, junto a Salim, donde eran bautizados.

Su mensaje era directo, movía a la acción y hacía que muchos tomarán la decisión de arrepentirse haciendo público el reconocimiento de sus pecados a través del bautismo, que los judíos de su tiempo conocieron de nueva cuenta un avivamiento espiritual como en los tiempos de los grandes profetas Elías, Eliseo y otros.

Fue de tal magnitud su llamado a la conversión que muchos lo confundieron con el propio Mesías, de manera que Juan tuvo que salir a aclarar que él no era el Ungido, sino sencillamente un mensajero que anunciaba el advenimiento de aquel que vendría a salvar a Israel de sus pecados, el Cristo esperado.

Los hizo usando una frase que sintetiza claramente su posición ante el Hijo de Dios, pero sobre todo su actitud sencilla, modesta y humilde de reconocer que él jamás estaría a la altura del varón a quien Dios tenía ya preparado para redimir de sus pecados a la nación que fue escogida por el Señor.

“Ni siquiera merezco desatarle la correa de su sandalia”, le dijo a quienes lo confundieron con Cristo, en una clara alusión de la forma en que debemos presentarnos ante Jesús. Juan era un profeta. El último de ellos, diría Cristo durante su ministerio. Quien cerró el canon de los Profetas. Escogido desde el vientre de su madre, Juan cumplió con creces su labor.

Pero ni con todo eso se atrevió si quiera a considerarse superior a los demás, ni tampoco se llenó de altivez, sino que preservó en todo momento su sencillez. La sencillez de Juan no solo era por lo que vestía y comía, sino también por su actitud frente a Cristo, a quien bautizaría en el río Jordán.

El servicio prestado a Jesús por Juan podía modificar su percepción de sí mismo y sentirse o pensarse alguien grande o poderoso, pero no actuó así, al contrario se sintió indigno siquiera de desatarle la correa de su calzado, una expresión que refleja la humildad de este varón de Dios.

Una humildad que debe irradiarnos a la hora de servir al Señor. No somos más que él. Nunca seremos más que él. Su inmensidad y grandeza es de tal tamaño que nosotros somos nada frente a Él. Juan se sentía indigno frente a tanta santidad y tanta grandeza.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

Deja tu comentario