La Biblia dice en Proverbios 26:27

El que cava foso caerá en él; al que revuelve la piedra, sobre él le volverá.

Introducción

La historia de Amán ilustra perfectamente este proverbios del rey Salomón. Ese personaje del libro de Ester odiaba a Mardoqueo porque no le rendía pleitesía. Lo detestaba tanto que en acuerdo con su esposa y amigos diseño una horca de seis metros para colgarlo con la anuencia del rey Asuero.

Lo que nunca imaginó Amán es que en lugar de Mardoqueo fue él mismo quien fue colgado y muerto en lo mismo que él construyó porque las circunstancias lo pusieron en un lugar que él nunca pensó porque de ser un gran amigo del rey Asuero se convirtió en su peor enemigo y por eso murió de esa terrible manera.

Hacer mal a los demás puede volverse en contra nuestra. Conspirar contra los demás no siempre resulta en perjuicio de los otros, sino que puede resultar dañino para nosotros mismos y esa es la idea que el rey sabio de Israel tratar de prevenirnos para saber que si buscamos el mal de los demás probablemente estemos construyendo el nuestro propio.

Ahitofel es otro caso de maldad vuelta a quien la propicia. Este hombre primero fue consejero de David, pero cuando Absalón, hijo del monarca se rebeló contra el rey se le hizo fácil tomar partido con el usurpador y convertirse en su consejero dictando propuesta para matar a David.

Sin embargo, cuando vio que Absalón no le hizo caso, se molestó tanto que fue a su casa y él mismo se ahorcó completamente devastado porque sus consejos no fueron atendidos por el breve monarca que prefirió escuchar a otro consejero por encima de Ahitofel, quien se molestó muchísimo por eso.

Dañar a los demás, atentar contra nuestro prójimo y poner el pie a quien nos ha agraviado no siempre es un buen camino. Pero planear el mal contra quienes no nos han hecho nada es todavía más perverso y muy seguramente la maldad que hemos planeado contra ellos se volverá en contra nuestra.

Salomón nos advierte con toda su autoridad que sobre nosotros mismos se puede desatar el mal que queremos o deseamos para otros y por lo tanto debemos evitar esa insana actitud.

Instrucciones para tiempo sin razón
La instrucción de evitar dañarnos nosotros mismos
A. Nunca deseemos la muerte de nadie
B. Nunca lastimemos a nadie

Los seres humanos somos explosivos, particularmente cuando descubrimos que alguien nos ha traicionado. Muchos hacen de la traición su mejor argumento y justificación para dañar, lesionar, lastimar, maltratar y perjudicar a quien hizo lo mismo con ellos, pero no siempre es la mejor decisión o mejor dicho no es la mejor determinación en esos casos.

Vengarnos o tomar justicia por propia mano puede convertirse en lugar de saciar nuestro deseo de revancha en un mal contra nosotros mismos y esa es la idea que tiene en mente Salomón cuando escribe este proverbio. A veces pensamos que vamos a dañar a otro u otros, pero en realidad nos estamos dañando a nosotros mismos.

Y allí estriba justamente la pertinencia y la grandeza del consejo del sabio monarca. Nos podemos hacer daño nosotros mismos. Al procurar el mal de otros lo que en realidad estamos haciendo es buscar nuestro propio mal y eso lo debemos evitar a toda costa dejando en manos de Dios la venganza.

A través de dos figuras retóricas, Salomón nos emplaza para evitar esta clase de actitudes. Nos conmina a detenernos si estamos planeando alguna forma de daño contra los demás y serenarnos no sea que nuestros apetitos de desquite se vuelvan contra nosotros y en lugar de ver el mal materializado en otros, lo padezcamos nosotros mismos.

A. Nunca deseemos la muerte de nadie

Salomón dice en la primer parte de este verso: El que cava foso caerá en él.

La frase cavar foso en el Antiguo Testamento tiene varias connotaciones. Se trata en primer lugar de un recurso que los cazadores tenían para atrapar animales que por su misma naturaleza no podían retener. Aves, cervatillos, fieras. Era un trampa mortal para estos animales.

Pero otra connotación de la expresión cavar un foso es para referirse a la muerte de las personas porque cuando alguien moría lo que se hacía regularmente era cavar una sepultura o hacer un foso. Esta descripción estaba, entonces, asociada directamente con el fallecimiento de una persona.

Y Salomón tiene razón cuando nos dice esto porque en muchas ocasiones el deseo de venganza es tan grande que se desea la muerte de quien agravió o traicionó. Pero Salomón no solo está pensando en los deseos de revancha, sino en estrategias y acciones para que otra persona pierda la vida.

El ser humano puede caer en esta clase de maldad porque tiene tanto odio, tanto resentimiento que su deseo por ver muerto a alguien lo puede llevar a dañarse a sí mismo o a sus seres queridos como lo retrata una de las tantas películas sobre el holocausto llamada el niño de la pijama.

La historia de esa cinta nos muestra a dos pequeños que se hacen amigos. Un de ellos hijo de un alemán que cuidaba uno de los tantos hornos crematorios de judíos y el otro, un chico hebreo confinado en ese gueto que se hacen grandes amigos y esa amistad los lleva a morir juntos.

O ni que decir de esas historias donde un molesto padre compra una arma para matar a su acérrimo enemigo y la pistola termina privando de la vida a uno de sus propios hijos quien la toma sin saber usarla. La vida tiene demasiados ejemplos de lo complicado que puede resultar odiar a muerte.

B. Nunca lastimemos a nadie

La segunda parte de nuestro proverbio que estamos meditando dice de la siguiente forma: al que revuelve la piedra, sobre él le volverá.

El grado de molestia que se tiene define el grado de daño que queremos producir a nuestros agraviantes. A veces no se trata de desaparecer a alguien de este mundo, sino de hacerle daño. Cualquier clase de daño. Desde el físico hasta el moral o económico. Se trata de cualquier manera de lesionar a quienes sentimos o pensamos que nos han dañado.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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