El apóstol Pedro escribió una carta y usó el nombre que el Señor le dio cuando lo llamó para ser su discípulo. Su nombre en realidad era Simón, pero al escribirle a los creyentes del primer siglo optó por utilizar Pedro y no Simón, un hecho singular en un hombre que vio de cerca la gloria de Cristo.

Sin las credenciales de los maestros de Jerusalén este sencillo pescador de Galilea nos dejó una epístola en la que anima, alienta, estimula y fortalece a sus hermanos en Cristo que sufrían por su condición de creyentes frente a un mundo al que le parecía irrazonable la fe en Cristo Jesús. Era del vulgo, dijeron los principales sacerdotes cuando lo detuvieron con Juan.

Su escrito, fechado aproximadamente en la década de los sesenta d.C. contiene recomendaciones para enfrentar los embates de los incrédulos, nos ofrece también instrucciones para hacer frente a las grandes dificultades que llegan cuando el sufrimiento se planta ante nosotros.

El valor de este escrito radica en que su autor vivió en carne propia la persecución durante el ministerio de Cristo y falló de tal manera que el canto de gallo quedó asociado para siempre a su nombre, pero que con el favor de Cristo pudo rectificar y recomponer su vida para reanimarse y seguir en el camino del Señor.

La persecución nos hace temblar a todos porque es la antesala del sufrimiento, los padecimientos y el dolor que trae consigo ser odiados y objeto de rencor por el solo hecho de ser cristianos. Nos hace sentir sumamente desvalidos porque las arbitrariedades contra nosotros son una injusticia.

Pedro le escribe a todos los creyentes de todos los tiempos para enseñarnos que ni nos debe sorprender, asombrar o extrañar que el mundo nos aborrezca. Que no nos debe alterar que nuestra fe sea puesta a prueba y en consecuencia que el hijo de Dios sufra en esta tierra.

El cristianismo tiene como líder a un hombre que padeció, un ser que trajo luz, amor, paz y reconciliación y que fue violentamente ejecutado por hacer el bien. Sus seguidores no pueden esperar un destino ni un trato distinto. Claro que nunca llegaremos a padecer tanto como él, pero es un hecho que eso ocurrirá tarde o temprano.

El autor de la epístola da por sentado que el sufrimiento es inherente a los hijos del Señor. No lo oculta como tampoco lo niega. Es una realidad a veces apabullante. No se trata de asustar a nadie, como tampoco de desanimar a nadie. El sufrimiento vendrá; es inevitable para cada creyente.

Pero Pedro tiene mucho cuidado de clarificar el origen del sufrimiento porque podemos sufrir por muchas razones ajenas a la fe. Eso es cierto. Nuestras decisiones equivocadas. Nuestras malas actitudes frente a los demás nos pueden colocar en una situación compleja y por ello debemos poner atención a lo que hacemos.

El sufrimiento cristiano únicamente válido es aquel que resulta de hacer el bien. Ejemplo claro de ello es Cristo quien padeció por hacer el bien y por eso a lo largo de la carta Pedro nos lleva de la mano para conducirnos con sabiduría en los diferentes roles que tenemos en esta vida.

En primer lugar es indispensable llevar una vida santa. Quien vive de forma diferente a esta puede estar seguro que tendrá grandes problemas si se asume con cristiano porque el pecado o la rebeldía ante el Señor siempre se sanciona y no podemos decir jamás que estamos sufriendo por hacer el bien.

Como ciudadanos frente a la autoridad debemos conducirnos con propiedad atendiendo a las leyes que se establecen. Pedro dice al respecto: “Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya al rey como al superior.” Es obvio que si no atendemos esta instrucción vamos a tener problemas.

Como trabajadores debemos conducirnos con apego a lo que nos ordenan nuestros empleadores. Sobre esto Pedro nos dice lo siguiente: “Estén sujetos con todo respeto a vuestros superiores.” Si no lo haces vas a perder el trabajo y si pierdes el trabajo vas a padecer necesidades.

Sobre este tema, el apóstol escribe en 1 Pedro 2: 20-21

20 Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios. 21 Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas.

Pero a lo largo de la Escritura Pedro aborda uno de las fuentes de grandes dolores de cabeza y padecimientos: la vida familiar. Al respecto le da instrucciones tanto a los esposos como a las esposas.

En 1 Pedro 3: 1-7 encontramos lo siguiente:

Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos;para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, 2 considerando vuestra conducta casta y respetuosa. 3 Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos. 4 sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. 5 Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; 6 como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza.7 Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.

La propuesta que hace Pedro es que nuestro sufrimiento sea por hacer el bien y no por otra causa. El padecimiento genuino es el que viene de hacer el bien.

En 1 Pedro 3: 17-18 encontramos lo siguiente:

17 Porque mejor es que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal. 18 Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu.

Nuestra guía será siempre el sufrimiento de Cristo. Cuando padecemos debemos mirar a la cruz para “colar” o comparar nuestras tribulaciones, si son por hacer el bien recibiremos consuelo del Señor, pero si estamos padeciendo por pecar, no tiene ningún mérito.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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