La Biblia dice en Juan 19:26

“Mujer allí tienes a tu hijo”.

Irene quiso intensamente a todos su hijos. Cuando era jovencita perdió a dos de ellos. Uno murió, dicen en el pueblo, que de susto porque en el jacal del rancho un toro se escapó del corral y lo asustó tanto que murió de “susto”. Él murió en los brazos de ella, que lloró por no haber estado en ese lugar para salvar a su vástago. En realidad la culpa no fue de ella.

Nadie se imaginó que el animal saltaría de su corral y mucho menos que se dirigiría al pequeño cuarto que habían construido en lo profundo de la montaña de su pueblo, pero ella cargó con esa responsabilidad. El otro hijo murió porque enfermó de un mal curable, pero en aquellos días en el pueblo no había medicinas y falleció. Ella también lloró mucho.

Parecía destinada a no tener hijos o si los tenía a que se le murieran.

Pero luego tuvo uno y otro hasta acumular siete hijos que crecieron. De ellos en particular había uno que era maltratado por su padre. Ella se dio cuenta que todos los demás hijos tenían todo el aprecio y amor del papá, pero uno de ellos padecía no solo el rechazo, sino el menosprecio del papá. La hostilidad hacia su hijo se hacía creciente y ella sufría por eso.

No tenía que preguntar la razón de la actitud del padre con el hijo. La razón era que el corazón de su esposo había sido envenenado por su suegro. Ese niño, le dijo, no es tuyo. Tu esposa ha tenido un desliz, le machacó y desde entonces el destino del niño quedó marcado.

Su hijo no se daba cuenta; en su corazón infantil pensaba que así era la vida y que toda esa malquerencia paterna era su culpa. Pero Irene sabía que eso no era así y cuando el maltrato creció ella decidió que su hijo no podía vivir así, y entonces tomó una de esas decisiones que marcaron su vida para siempre: decidió dejar a su esposo.

Su hijo era muy valioso para ella igual que todos los demás, pero no estuvo dispuesta a tolerar la actitud del papá. Y sucedió que sin proponérselo ese hijo la quiso tanto, tanto, tanto que hoy que ya no está llora por ella. Y aunque nunca se separaron porque estuvieron siempre juntos y a pesar de que él se caso y tuvo esposa e hijos, el hijo siempre la extraña.

Con el tiempo el padre regresó a casa. Ella lo perdonó y el hijo también. Si ella había tomado ese paso, quién era el hijo para no hacerlo.

El amor de una madre es lo mas cercano al amor de Dios. Su sacrificio nace de un corazón que ama como nadie más lo puede hacer. Todos los días debemos recordar que una de las formas que Dios nos muestra que nos ama es a través del amor de nuestras madres y que ningún sacrificio que nosotros hagamos como hijos compensará todo lo hecho por nosotros.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

Deja tu comentario