La Biblia dice en 2º de Reyes 1:10

“Elías respondió: Si yo soy profeta, que caiga fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta soldados. Al instante cayó fuego del cielo y los consumió.”

Al profeta Elías lo quería detener el rey Ocozías. Envió un piquete de soldados para hacerlo, pero fueron muertos por fuego del cielo, entonces envió otro grupo igual de cincuenta militares que también fallecieron del mismo modo y entonces mandó un tercer grupo que rogó al profeta que no hiciera descender fuego y que fuera con ellos a ver al monarca.

Dios le habló al vidente de Dios y entonces fue con ellos. Es llamativo que los dos primeros grupos murieran y el tercero no. La razón estriba en la actitud con la que llegaron ante Elías. Los dos primeros llegaron con arrogancia, altivez y prepotencia y sobre todo sin respeto a la investidura del profeta. En cambio el tercero lo hizo con toda humildad.

A Elías se le conoce como el profeta del fuego. No solo porque hizo descender fuego del cielo para comprobar que el Señor de los ejércitos era el Dios de Israel y no Baal, y por ser arrebatado al cielo en un carro de un fuego, sino también porque cuando el rey Ocozías lo quiso detener hizo que cayera fuego sobre los militares que querían apresarlo.

La consagración de este hombre fue de tal magnitud que Dios lo respaldó de una manera total y en el verso que hoy meditamos vemos que lo guardó y protegió de cualquier ataque que le pudiera hacer daño, incluso hasta en dos ocasiones haciendo el mismo milagro ante sus adversarios.

Es evidente que la actitud irreverente e incrédula de los dos primeros capitanes les costó la vida. No porque Elías fuera algo más que un simple hombre, sino por lo que representaba para el Creador en esos momentos de oscuridad. Elías luchaba contra un sistema maligno que se había enquistado en el pueblo de Dios y a todos les debía quedar claro.

Era un hombre de Dios, enviado por el Señor y quienes llegaron a detenerlo pensaron que se trataba de un hombre común y lo trataron con poca humanidad y fueron sancionados por tratar así a un varón santo que servía de manera íntegra al Creador.

Este relato nos recuerda y previene de la forman en que debemos tratar todo a las personas. Tal vez ahora no nos caiga fuego del cielo por irrespetuosos, pero la irreverencia siempre será sancionada porque constituye una falta de consideración a la obra de Dios que nos coloca a unos cuantos pasos de la profanación.

Dios castigó a estos hombres porque fueron incapaces de entender que si bien les ordenaron que detuvieran al profeta, no supieron o no quisieron entender que ese hombre hacía lo que hacía no por voluntad propia, sino porque Dios lo había llamado a su servicio, aún con sus debilidades.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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