La Biblia dice en Salmos 4:7

“Tú has puesto en mi corazón más alegría que en quienes tienen trigo y vino en abundancia.”

El salmista experimentó una alegría superior a la que poseen o disfrutan otros cuando tienen bienes materiales o cuando la vida los trata con riquezas materiales y gozan de tesoros que los llenan de dicha y que a los ojos de muchos esa parece ser la medida de la dicha para todos los seres humanos.

Pero el rey David, autor de este salmo, nos hace ver que hay una alegría superior a esa y es la que Dios pone en el corazón de sus hijos. Es un gozo que no depende absolutamente para nada de las circunstancias, que se eleva por encima de las carencias, las necesidades, las dificultades y problemas.

Es una especie de regocijo muy especial que nace y se origina en Dios y que el Señor deposita, coloca o inserta en el corazón ese lugar en la vida de los seres humanos que determina la clase de existencia que experimentarán en este mundo lleno de contradicciones e injusticias.

El corazón del hombre es el centro de la existencia humana y allí se anida lo mismo la tristeza, que el odio, el amor, la bondad y el único que puede llegar allí es Dios para poner de su presencia que se traduce en diversas manifestaciones y una de ellas es justamente la alegría.

La alegría que viene de Dios es totalmente elevada y no es para todos los seres humanos, sino únicamente para quienes confían en Dios con todo su ser, quienes no confían en sus capacidades o bienes, sino en Dios que al final de cuentas es el Dueño de todo y da a todos para suplir sus necesidades.

La alegría es la fuerza que nos impulsa para seguir adelante. Es un poderoso estimulante que nos auxilia ante tantas paradojas que nos tiene preparada la vida y que tenemos que enfrentar si o si. Cuando nos abruma la realidad, la alegría del Señor viene en nuestro auxilio para enfrentarla, tal vez no cambiará, pero el gozo nos dará fuerza para no derrumbarnos.

Y esa clase de alegría solo procede de Dios. Nadie más tiene la capacidad de poner ese tipo de regocijo en nuestra vida.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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