La Biblia dice en Salmos 85:12

“El Señor mismo traerá la lluvia y nuestra tierra dará su fruto.”

El salmo ochenta y cinco fue escrito por los hijos de Coré como un testimonio de su retorno del exilio babilónico. En este canto dejaron plasmados sus sentimientos al retornar a su patria luego de setenta años de ausencia en la tierra de sus padres que encontraron abandonada y destruida.

La ciudad, sus muros y sobre todo su templo estaban devastados y debían ponerse a trabajar con empeño y dedicación para levantarla de las ruinas en las que la encontraron ya que ese había sido el resultado de su vida rebelde y obstinada a los mandamientos del Señor, pero por fin estaban de vuelta.

Y vaya que sí se necesitaba hacer mucho por su ciudad. Tendrían que trabajar muy duro para que Jerusalén recuperará su grandeza y hermosura con la que había impresionado a muchos, pero el salmista sabe que más allá del esfuerzo humano, lo que su patria necesitaba era la intervención divina.

Y eso es justamente a lo que apela el salmista en el verso que hoy meditamos recordando que la lluvia, sinónimo de la bendición de Dios a la tierra, es una manifestación de su gracia infinita. Dios envía la lluvia y con eso la tierra da su fruto, en otras palabras sin el auxilio divino es difícil alcanzar propósitos, planes y metas.

Ante los grandes retos de la vida, por supuesto que se necesita el mejor de nuestros empeños y los más grandes esfuerzos, pero siempre será indispensable el favor de Dios porque sin él por más fuertes que seamos, por más capacidad que tengamos nada será posible.

Los judíos que regresaron a Jerusalén después de setenta años de cautiverio tenían ante sí un gran desafío. La presencia de Dios era más que indispensable porque se necesitaba mucha ayuda para atender las necesidades que se multiplicaban en cada metro cuadrado de su amada ciudad.

Necesitaban urgentemente el apoyo del Señor para acometer la empresa de reconstruir su nación. Cualquier grande empresa en nuestra vida requiere la intervención de Dios para salir avante y alcanzar nuestro propósitos, sin su presencia, auxilio y fortaleza nada podremos lograr.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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