La Biblia dice en 1ª Timoteo 6: 12

“Pelea la buena batalla de la fe; no dejes escapar la vida eterna, pues para eso te llamó Dios y por eso hiciste una buena declaración de tu fe delante de muchos testigos.”

En este mundo todas las guerras son malas. No vale la pena participar en ellas porque los que parecen vencedores en realidad se alzan sobre cadáveres, injusticias y mucho sufrimiento de miles de seres que perdieron patrimonio, bienes y lo más valioso: familiares, pero hay otra clase de luchas que uno si debe dar como la pelea por la fe.

Este consejo le dio el apóstol Pablo a su apreciado discípulo Timoteo para que no desmayara frente a los grandes desafío que implicaba profesar la fe en Cristo en esos momentos cuando hablar de Jesús de Nazaret y decir que murió en una cruz y al tercer día había resucitado, era una locura para los propios judíos y también para los romanos. 

Judíos y romanos perseguían a ese grupo de personas que hablaban de un rey venidero, que se reunían cada primer día de la semana para recordar sus enseñanzas, para convivir entre ellos sin otra razón que la de cantar y reflexionar sobre la vida y obra de un hombre que enseñó a amar al prójimo como a uno mismo, a respetar la autoridad y esperar su regreso.

Era una minoría y con las minorías religiosas siempre la humanidad ofrece la más cruel faceta de su odio. Y en Éfeso donde estaba Timoteo pastoreando con el fastuoso templo de la diosa Diana, las cosas para la iglesia no necesariamente podían ser mejores que la de quienes abrazan una fe distinta a la de la mayoría.

Por eso Pablo le pide a Timoteo que pelee. La palabra pelear en griego es muy interesante. Procede del vocablo “agónizomai” de donde se obtiene la expresión “agonizar”, lo que nos revela la manera en la que se debe luchar, batallar o pelear por nuestra fe: con todas las fuerzas posibles hasta quedar exhaustos, fatigados, cansados, extenuados, agonizantes.

La fe implica una lucha. La fe sin batallas no es fe. Así lo demuestran todos los grandes varones y varonas expuestas en el capítulo once de la epístola a los Hebreos, algunos de los cuales como Moisés pelearon como viendo al Invisible o Abraham que peleó junto con Sara por la promesa de un hijo. Y así Rahab, Noé, Enoc y esa lista gloriosa de hombres de fe.

Mirarlos y aprender de ellos nos ayudará a luchar por nuestra fe. A no desalentarnos cuando se presentan problemas, dificultades y adversidades. A no temer subirnos al cuadrilátero de la fe que de allí Cristo nos levantará la mano como vencedores por su gracia e infinito amor hacia nosotros. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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