La Biblia dice en Salmos 84:4

“Felices los que viven en tu templo y te alaban sin cesar.”

La casa del Señor hace felices a quienes en ella habitan y alaban constantemente a Dios. Esa es la verdad que ha descubierto el salmista gracias a su constancia en ese lugar y porque ha llegado allí con la actitud correcta: de manera voluntaria, sabiendo que allí habita el Señor y con la certeza que será escuchado.

Hay en el autor de este salmo un deseo vehemente por contagiar su experiencia en la casa de Dios. Se trata de hacer ver a todos lo que ha experimentado cuando a llegado al santuario. Las emociones que le embargan por sentirse muy cerca del Señor las sintetiza en una frase que nos permite conocer claramente lo que está sucediéndole: está feliz.

Los seres humanos buscamos incesantemente la felicidad. De hecho es el motor que mueve a casi todos. La dicha, el gozo y la buenaventura las perseguimos y en muchas ocasiones nos equivocamos y sufrimos tanto porque empeñamos todos nuestros esfuerzos en algo o alguien que al final de cuentas no solo no nos hizo felices, sino inmensamente infelices.

Las personas construimos de manera diferente el sentido del contentamiento porque mientras que para unos la fortuna reside en los bienes, para otros se encuentra en el placer y para muchos más en el conocimiento, pero a la larga cuando se descubre que no estaba allí, sentimos una frustración que nos hunde la infelicidad.

El salmista nos lleva a un lugar seguro para ser felices: la casa de Dios porque allí reside el Ser más maravilloso que puede haber en este mundo. Un Ser lleno de luz, de compasión, de sabiduría. Un Ser dispuesto a hacer por nosotros lo que nadie más podría hacer: amarnos tal cual somos, con nuestros yerros y contradicciones.

Dispuesto a corregir nuestras faltas, pero sobre todo comprometido a acompañarnos en las buenas y en las malas, sustentarnos en los días en los que la desdicha llega a nuestra existencia. Todo ello sin más exigencia que tener comunión con él y la forma de expresar esa determinación en nuestra vida es llegando al lugar de su morada.

La felicidad nunca está lejos. Esta más cerca de los que pensamos. La podemos encontrar en la casa de Dios. Se localiza alabando al Creador con todo nuestro corazón. No hay posibilidad de errar. En su casa habita el Señor del cielo y de la tierra extendiendo siempre sus brazos para llenar nuestro corazón.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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