La Biblia dice en Juan 5: 41

Yo no acepto gloria que venga de los hombres.

Los fariseos junto con los principales sacerdotes construyeron una sociedad muy peculiar: les gustaba mucho adularse entre ellos, reconocerse como piadosos y sobre todo sentirse superiores a los demás. Les encantaba recibir honores entre ellos y vivían en un mundo perfecto donde ellos se admiraban recíprocamente. 

Si se les reconocía como hombres espirituales eran inmensamente felices, aunque en realidad eran unos grandes hipócritas que vivían una fe exterior, practicaban la ley mosaica a su modo, habían diseñado, incluso, un sistema legal que les permitía aprovechar al máximo su posición como líderes de su nación.

Su mundo estaba construido así: tenían como premisa fundamental darse gloria entre ellos, nada de revisar si su estilo de vida concordaba con la revelación divina, nada de autocríticas ni mayores exigencias por ser ellos los responsables de la enseñanza a un pueblo necesitado de conocer la Escritura. 

Jesús los denunció. Les dijo que esa clase de gloria, honra u honor no tenía ningún valor. E hizo una diferenciación muy precisa. Hay una gloria humana y una gloria divina. La gloria de los hombres como también la llama es sencillamente intrascendente, inservible y de muy corta duración. 

Esa clase de gloria es ficticia, insustancial e irremediablemente efímera y sobre todo oportunista y basada en los beneficios materiales que obtendrá quien la práctica. No es sincera, ni honesta porque nace del interés. Pero la gloria de Dios o que viene de él es pura y recta. Jesús encarnaba la verdad. Era la verdad. 

El reconocimiento de los hombres no tiene ningún valor ante el Señor porque puede darse equivocadamente a quien no la merece, pero el reconocimiento que viene del cielo ese es el más sincero y real honor que Dios da a quienes ante sus ojos viven una vida agradable en privado y público. 

Pablo luchó grandemente con este conflicto entre sus compatriotas. Siempre dijo que su ministerio no buscaba la gloria de los hombres, sino el reconocimiento del Señor. Aunque si hubiera optado por el primero se hubiera ahorrado muchos sin sabores y contratiempos pero optó por el segundo que es un camino de grandes padecimientos. 

Jesús desdeñó el reconocimiento de los fariseos porque era fingimiento puro y con ello nos mostró el verdadero camino del servicio: ser reconocidos por Dios que sabe la razón por la que hacemos lo que hacemos. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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