La Biblia dice en Proverbios 10:2

“Las riquezas mal habidas no son de provecho, pero la honradez libra de la muerte.”

La tentación de robar, despojar o defraudar para obtener riquezas e incluso matar para obtenter bienes es un gran espejismo para quienes optan por ese camino para alcanzar los ansiados tesoros que para ellos representan el fin de la vida en este mundo lleno de espejimos y vanidades.

Salomón el hombre más sabio y rico que ha tenido Israel como gobernante dice que las riquezas mal habidas o alcandas de manera ilegal o ilegítimamente nunca servirán para nada provechoso. Podrán divertir, pero nunca invertir. Podrán dar cierta estabilidad, pero nunca darán a nadie felicidad.

Si el dinero que posee alguien no tiene provecho, sin duda alguna será perjudicial para sus poseedores. Y el dinero es terriblemente dañino cuando no se puede usar para bien. Trae males y más males a la vida de sus dueños desde vicios hasta desgracias espeluznantes e inimaginables.

Abatir la pobreza con lucro inmoral es un acto suicida porque hundirá a las personas en codicias necias que tarde o temprano los llevarán a la cárcel o la misma muerte, que es precisamente de la que advierte Salomón cuando expone que la honradez libra de la detestable muerte.

El rey sabio de Israel nos ofrece de esta forma la gran virtud de la honradez en esta vida. Trae paz, prolonga la existencia y hace que las riquezas que se obtienen de esa forma sean provechosas para sus propietarios, además de que puedan disfrutarlas en paz con sus seres queridos.

Salomón quiere ahorrarnos horas y horas de sufrimiento con riquezas mal habidas, quiere que renunciemos absolutamente a hacernos de dinero con el dolor o padecimiento de nuestros semejantes. Quiere que vivamos en paz que solo da la honradez de nuestros actos donde quiera que vayamos.

Tal vez la honradez no nos convierta en ricos, pero sí hará algo todavía más valioso: nos llenará de tranquilidad y calma en un mundo lleno de turbulencia por las ambiciones desmedidas de los hombres.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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