La Biblia dice en Génesis 49:7

“¡Maldito, sí, maldito sea su enojo tan salvaje! ¡Yo los dispersaré por completo en todo el pueblo de Israel!”

Antes de morir Jacob dirigió unas palabras a cada uno de sus doce hijos. Completos ya con José, los vástagos de Israel: Rubén, Leví, Simeón, Judá, Zabulón, Isacar, Dan, Gad, Aser, Neftalí y Benjamín recibieron profecías sobre lo que habría de venir en el futuro para ellos, lo que en efecto sucedió.

Es notorio que al referirse a Simeón y Leví el oráculo los unió y recibieron juntos lo que vendría para ellos y sobresale la maldición que dirigió a la ira de ambos hermanos que fueron lo que más se molestaron con la deshonra que sufrió su hermana Dina, al ser mancillada por Siquem, hijo de Hamor, heveo de Canaán.

Fue su furia la que hizo a Jacob lanzar una maldición contra el enojo y su molestia, contra estos dos hermanos que expresaron su talante destructivo y el tamaño de su enfando, que Jacob no aplaudió porque su acción puso en riesgo la vida de toda la familia del patriarca allá en Canaán.

A partir de allí Jacob supo que sus dos hijos no podían estar juntos y también sabía que debían quedar separados a grandes distancias. Eso sucedió cuando Dios le dijo a Moisés que sería la tribu de Leví la encargada del servicio del tabernáculo en el desierto. Desde ese momento quedaron separados, luego, ya en posesión de la tierra, Simeón recibio su parte en el sur de Israel.

La lección que nos deja la historia de estos dos hermanos es que la ira es violenta y de no ser controlada puede provocar grandes desastres y solo la intervención divina puede detenerla haciendo que los que se llenan de ira sean dispersados para no hacer más mal a sus semejantes.

Jacob conocía como nadie a sus hijos y Dios le reveló lo que podrían hacer de seguir juntos y Dios tomó las previsiones necesarias porque si una persona enojada causa muchísimo daño, imagínense que sean dos personas las que se llenen de enfado y molestia, el resultado puede ser demoledor.

Me queda claro que en el caso Leví fue llamado al servicio del Señor porque de no estar cerca de la presencia de Dios, su inclemente ira podría dañar severamente a sus hermanos hebreos.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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