Apocalipsis 21: 9-14

9 Vino entonces a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas postreras, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero. 10 Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén,que descendía del cielo, de Dios, 11 teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal. 12 Tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; 13 al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al sur tres puertas; al occidente tres puertas.14 Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Introducción

La descripción que hace Juan de la Nueva Jerusalén une a Israel con la Iglesia y nos muestra que si bien el trato de Dios con ambas es distinto, siguen por separado un plan perfecto que los unirá al final en el gran proyecto de Dios que es la de hacer de ambos pueblos una sola nación para toda la eternidad.

Juan hace una primera descripción de lo que el mismo llama: la desposada, la esposa del Cordero y la Nueva Jerusalén. En estos títulos Juan liga completamente a judíos y gentiles que a lo largo de la historia consciente o inconscientemente han tenido serios enfrentamientos.

Cuando Juan escribe el Apocalipsis la separación entre ambos era muy marcada. La verdad es que por muchos siglos la iglesia católica no solo menospreció a Israel, sino que persiguió a los hebreos acusado de haber dado muerte a Cristo, idea equivocada con la cual padecieron toda clase de maltratos.

La hermosa ciudad de Jerusalén, esplendorosa, brillante, hermosa y sobre todo protegida por unos enormes muros, pero abierta a todos con doce puertas, es descrita con una intención bien clara presentar una verdad difícil de entender en esos tiempos y en muchas épocas: Israel y la Iglesia tienen un destino común.

A parte de presentarnos la belleza singular y sin igual de la última morada de los creyentes, Juan tiene claramente el propósito de mostrarnos el fin de gentiles y hebreos.
A lo largo de los estudios de Apocalipsis hemos sostenido que para una comprensión exacta de ese último libro, era indispensable separar el trato que Dios tendría y tiene con Israel y saber distinguirlo claramente de la relación entre Cristo y la iglesia porque su redención caminaba en carriles distintos.

Sin embargo, en estos versos del capítulo veintiuno podemos asegurar que estarán juntos unidos con tres nombres que Juan precisa muy claramente: la desposada, la esposa del Cordero, expresiones ligadas con la iglesia. El tema de las bodas del Cordero Juan le ha dedicado un capítulo completo anteriormente.

Pero el nombre la “gran ciudad santa de Jerusalén” es una referencia clara al pueblo de Israel que habitó y habita en esa ciudad desde que el rey David se la arrebato a los jebuseos e instaló allí el tabernáculo, primero y luego el templo y desde entonces se convirtió en la capital espiritual de los israelitas.

La Nueva Jerusalén:

Israel y la Iglesia, un destino común

A. Para compartir la gloria de Dios
B. A pesar de las diferencias

Con estos versos debe quedar despejado lo que sucederá con Israel y la Iglesia en los últimos días o cuál será el destino de ambos. Ni los hebreos estarán por un lado en la redención final, ni los gentiles tendrán aparte su celebración, al contrario estarán unidos porque Dios tiene un plan perfecto y similar para los dos.

A. Para compartir su gloria

La forma en que Juan presenta la Nueva Jerusalén es impresionante. En primer lugar dice que descendía del cielo. Queda así perfectamente claro la naturleza de este lugar. Su origen es celestial, nada humano habrá en ella. Estamos en cielos nuevos y tierra nueva y entonces del mismísimo cielo bajará esta ciudad.

Juan es claro cuando afirma que “tendrá la gloria de Dios”. Sucederá entonces lo que tanto anhelo Dios y es que su pueblo conociera su gloria. Ahora la compartirá abiertamente con sus redimidos. Quienes habiten en ese lugar conocerán de primera mano la manifestación poderosa de Dios en todo su esplendor.

Para tratar que nuestra mente debilmente human pudiera comprender de que esta hablando, el apóstol nos ofrece un ejemplo de cómo es la esposa del Cordero y dice lo siguiente: Su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diafána como el cristal.
Juan tiene toda la intención de mostrar el deslumbrante estado de la Nueva Jerusalén. No es un lugar común ni ordinario es la morada del Altísimo que ahora comparte con todos aquello que atendieron a su mensaje. A los judíos que finalmente se encontraron con su Mesías y los creyentes que perserveraron para encontrarse con Cristo.

B. A pesar de las diferencias

Es innegable que Israel nunca será la iglesia, ni la iglesia será Israel. Lo hemos sostenido a lo largo de todos nuestros estudios cuando hablamos tanto de uno como otro. Pero de la misma manera sostenemos que Dios tiene un trato con ambos para llevarlos a la redención final.

Israel y la iglesia son diferentes, claro que sí. Pero debemos tener en claro que compartimos un destino común. Ellos esperan por primera vez a su Mesías y nosotros decimos que ya vino y en realidad volverá por segunda ocasión. Esta diferencia de apreciación ha servido como un gran ariete para atacarlos.

Pero en realidad debemos fijarnos que Dios elaboró un ingeniosisimo plan para que ahora gentiles y judíos esperarán unidos al Mesías que habría de venir a gobernar a este mundo. Desde los tiempos de Juan ya había grandes y marcadas diferencias entre la iglesia y los hebreos.

La Nueva Jerusalén nos recuerda que si bien tenemos grande diferencias. Aquí algunas de ellas: ellos guardan el sábado, nosotros el día domingo. Ellos se circuncidan, nosotros practicamos el bautismo como señal de arrepentimiento. Ellos habitan una tierra física prometida a Abraham, nosotros tenemos una ciudanía celestial.

Y así podemos citar múltiples diferencias, pero la realidad es que estaremos juntos por toda la eternidad.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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