La Biblia dice en Hechos 1: 14

“Todos ellos se reunían siempre para orar con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.”

La ausencia de Jesús antes que el Padre enviará su Espíritu Santo los discípulos la llenaron con oración. Tenían mucho tiempo y para no perderlo se dedicaron a buscar a Dios junto con algunas mujeres y con María la madre de Jesús y sus hermanos, que por cierto es la última ocasión que se les menciona en el Nuevo Testamento.

Finalmente los discípulos comprendieron la relevancia de la oración. Habían visto a Jesús orar muy de mañana como una disciplina permanente en su vida, luego Pedro y Juan lo habían acompañado al Getsemaní donde lo habían visto clamar al Padre unos instantes antes de ser detenido.

La oración es un ejercicio espiritual de primera importancia sobre todo en momentos en los que no se sabe que hacer. Cuando la incertidumbre acecha y cerca la vida de las personas, la gran alternativa es orar. Así lo hicieron los apóstoles porque no sabían qué iba a pasar después de que Jesús se fue al cielo.

Lucas dice que se reunían siempre, lo que nos revela el grado de compromiso que tomó para ellos hablar con el Señor. Para comprender el tamaño de la transformación que ocurrió en la vida de los discípulos luego de la resurrección del Señor y antes que el Espíritu Santo viniera a su vida es conveniente revisar cómo tomaron los tiempos de oración.

Todos ellos, junto con varias mujeres, incluida María y sus otros hijos de ella, sintieron una profunda necesidad de tener comunión con Dios porque la oración nace justamente de reconocer que somos insuficientes, que con nuestras propias fuerzas no podemos, que requerimos siempre el auxilio divino.

Todos ellos no querían volver a tropezar, no querían volver a fracasar estrepitosamente como les aconteció durante los días de la pasión de Cristo donde no pudieron resistir el embate del maligno que se ensañó con ellos sin que pudieran hacer nada para no parecer unos grandes cobardes.

Ellos comprendieron que la oración era lo único que los haría fuertes y a ella se entregaron con ahínco, con desesperación y sobre todo con compromiso.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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