20 C
Oaxaca City
sábado, julio 31, 2021
spot_img

La vergüenza del rechazo

La Biblia dice en Marcos 5: 27

Cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto.

Marcos nos relata la historia de una mujer que por doce años había padecido desordenes hormonales que le provocaban hemorragias vaginales que los evangelios llaman “flujo de sangre”, una condición que de acuerdo a la ley mosaica la convertía automáticamente en una mujer impura.

Esa clasificación hacía que no pudiera tocar a nadie de su familia, mucho menos de sus amigos. Lo que ella tentara o tomara con sus manos se convertía en algo impuro o como solían decir los fariseos en algo inmundo. Esa situación la condenó a una vida en soledad, lejos de sus seres queridos y apartada de cualquier relación social.

Cuando Marcos dice que esta mujer oyó de Jesús, vino por detrás de la multitud, y lo hizo así porque alguien podía reconocerla y señalarla como una mujer impura o inmunda y sería rechazada por todos lo que estuvieran allí, por una multitud que no estaría dispuesta a que ella se acercará a Jesús.

Pero ella estaba segura que si tocaba el borde las vestiduras de Jesús, quedaría sana y por eso fue con Cristo y tocó su manto y en efecto, una vez que lo hizo recibió su sanidad y Jesús preguntó quien lo había tocado y trémula le confesó que ella había sido esperando que la condenaría por haberlo hecho ya que era impura.

Pero en lugar de eso recibió la siguientes palabras: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote. Ella que llegó por atrás de la multitud que acompañaba a Jesús se fue por delante con su sanidad, atestiguada por miles de personas que iban junto con el Salvador.

Se sentía tan indigna y menospreciada que no fue capaz de llegar de frente a Jesús. La vergonzosa enfermedad que padecía no solo le había quitado dinero y años de vida, también le había arrebatado la dignidad, pero Cristo se la devolvió y con creces porque sólo el Señor tiene la capacidad de reivindicar la importancia de las mujeres.

Doce años de menosprecios terminaron cuando ella se atrevió a tocar ese manto porque Jesús le sanó y le hizo ver que su fe fue más grande que su impureza y después de llegar apenada sin siquiera hacerlo al frente, fue liberada de ese azote que no solo la afectaba físicamente, sino también moral y emocionalmente.

Esta mujer con flujo de sangre como la llaman los evangelistas sufrió mucho rechazo por su enfermedad, pero Cristo la recibió como recibe a quienes el mundo desprecia para hacerles ver su importancia como personas, y particularmente en este caso como mujeres.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here

ÚLTIMAS ENTRADAS