La Biblia dice en el Juan 6:53

Jesús le dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

Introducción

El capítulo seis de Juan tiene como tema central la comparación de Jesús con el maná que los hebreos recibieron en el desierto, esta conversación que mantuvo con los judíos tiene como marco la multiplicación de panes y peces para alimentar a cinco mil hombres sin contar niños y mujeres que hizo que muchos le siguieran no por la señal, sino por haberse alimentado.

A partir de ese milagro (mal entendido de los judíos), Jesús les planteó cuatro certezas: 1. La certeza de lo trascendente, la certeza de la satisfacción genuina, la certeza de la vida eterna y ahora la certeza de la comunión con unas palabras que fueron tomadas de manera literal por los escribas y fariseos, cuando en realidad tenían y tienen un carácter simbólico.

Cuando Cristo les dijo que él era el pan vivo que descendió del cielo, les explicó que si alguno comía de ese pan, vivirá para siempre; y el pan del que estaba hablando era su cuerpo que iba a dar por el mundo, según leemos en Juan 6:51, pero era evidente que estaba haciendo uso del lenguaje figurado.

Juan 6:52 nos ofrece lo que entendieron los judíos que se pusieron a contender entre ellos, cuestionando la literalidad de sus palabras, diciendo, o más bien preguntando: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Era lógico que Jesús no iba a arrancarse su cuerpo para ofrecerlo. Pero, entonces, ¿qué significa o que quiere decir comer su carne?

En primer lugar la palabra “carne” en este texto se refiere al cuerpo físico de nuestro Señor Jesucristo, pero en sentido figurado o simbólico. No se interpreta de modo literal. Si así fuera los discípulos hubieran comenzado durante la última pascua a comer de su cuerpo y hoy en día nosotros no tendríamos nada de ese cuerpo.

Entonces, si no es literalmente como deben ser tomadas las palabras de Cristo, ¿a qué se refirió? Y la respuesta de esta interrogante la encontramos en la última pascua que Jesús celebró con sus discípulos antes de ser entregado por los judíos a las autoridades romanas para se crucificado.

En Mateo 26: 26-29 encontramos el significado de estas palabras, por lo que debemos leer con atención lo que dijo allí sobre su cuerpo.

26 Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. 27 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; 28 porque esto es mi sangre del nuevo pacto,que por muchos es derramada para remisión de los pecados. 29 Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.

El apóstol Pablo nos acerca más al sentido de las palabras de Cristo cuando dijo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

En la 1ª de Corintios 11:23-25 que dice de la siguiente forma:

Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; 24 y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. 25 Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. 26 Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.

Nos queda claro que las palabras que Jesús le dirigió a sus seguidores apuntaban hacia la cena del Señor o la mesa del Señor como le llamamos al memorial que nos recuerda el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo y su retorno glorioso a esta tierra convertido en el León de la tribu de Judá.

Jesús estaba presentando a los hebreos la certeza de la comunión con él, les estaba mostrando la manera en la que habríamos de “comer” y “beber” de su cuerpo y sangre, respectivamente.

El maná no logró hacer que los judíos tuvieran la comunión con el Padre y cómo Jesús mismo les dijo: Éste es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente (Juan 6:58).

Beber y comer del cuerpo y la sangre de Cristo se convirtió en una de las ordenanzas que acompañan a la iglesia durante su peregrinar sobre esta tierra y en el instrumento de la comunión entre los creyentes con su Salvador. La mesa del Señor no es meramente un formulismo o una ceremonia vacía, sino la expresión de la relación estrecha entre Cristo y su amada iglesia.

Estamos ante una verdad que va más allá de nuestra comprensión humana, pero que gracias al Espíritu Santo podemos reconocer y admitir como la forma de mantener nuestra comunión con Cristo Jesús.

Las irrefutables certezas de Cristo

La certeza de la comunión

A. Al tener presente su muerte
B. Al tener presente su regreso

Jesús quiso recalcar entre los discípulos que con su persona se inauguraba una nueva forma de tener comunión con Dios. El Espíritu Santo vendría y moraría con cada uno de nosotros y en cada uno de nosotros y la participación en la mesa del Señor sería la confirmación o materialización de esa verdad.

A. Al tener presente su muerte

Cuando Jesús murió en la cruz del calvario pagó por el pecado de todo el mundo. Su muerte fue vicaria o sustituta de lo que merecía el pecado del ser humano. Ese fue el gran precio que él pago para que cada uno de nosotros volviera al redil del Padre y en nuestro caso como gentiles, pudiéramos ser aceptados como redimidos.

Recordar su sacrificio es muy útil porque nos hace tener presente que su muerte sumamente violenta fue el elevado pago que tuvo que solventar por cada uno de nosotros y eso nos debe llevar a honrar, venerar y glorificar a nuestro Salvador.

Su cuerpo fue entregado literalmente e hicieron con él todo lo que quisieron, de tal manera que los evangelios registran los golpes, tortura y la burla de la que fue objeto por parte de los propios soldados romanos, los religiosos de su tiempo y hasta de las personas del vulgo que lo escarnecieron.

Cuando Cristo en la última pascua invitó a los doce a comer del pan que simbolizaba su cuerpo, estaba mostrándonos el sentido de las palabras que les dijo a los judíos: “si no coméis la carne del Hijo de Hombre” que era acercarnos a la mesa del Señor y tomar de ella con sinceridad.

El cuerpo de Cristo fue violentamente tratado, fue puesto como un malhechor, fue condenado aún cuando era inocente y en la grandeza de su amor y compasión por una humanidad sin piedad, le pidió al Padre que los perdonara porque no sabían lo que hacían y así entregó su vida.

Pero la muerte de Cristo no solo debe servir para compungir nuestro desviado corazón, su muerte cobra eficacia cuando ajustamos nuestra vida a su piedad, cuando entregamos nuestra existencia a su reino con todas nuestras fuerzas y cuando nos despojamos de nosotros mismos para entregarnos a su causa.

B. Al tener presente su regreso

Cristo volverá. Esa fue su promesa cuando se fue luego de cuarenta días de estar con sus discípulos después de haber resucitado. En el monte de los Olivos lo vieron ascender al cielo entre nubes y prometió que retornaría, que los esperáramos porque sin duda alguna vendría tal como se fue.

El regreso del Señor no debe ser motivo de temor, al contrario debe ser una razón de gozo porque ese hecho marcará el fin del mal sobre la tierra. Vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, pero a nosotros eso no nos debe llenar de miedo porque nos ha salvado por gracia y amor.

La comunión que tenemos con Cristo la materializamos al participar en la mesa del Señor para recordar su muerte y su regreso por su iglesia.

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