La Biblia dice en Juan 5:19

Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.

Introducción

Jesús insistió una y otra vez que era el Hijo de Dios y en consecuencia Dios era su Padre. La relación Hijo-Padre fue parte fundamental de su enseñanza. La relación Hijo-Padre no fue entendida y fue rechazada por los judíos de su tiempo. De hecho fue una de las razones por la que fue condenado a muerte por el sanedrín hebreo.

¿Por qué Cristo reiteró esta verdad? ¿Cuáles eran sus implicaciones? ¿Qué fue lo que sus antagonistas entendieron cuando Jesús les decía esas palabras? ¿Qué quería demostrar con esa afirmación nuestro bendito Salvador? ¿Por qué utilizó su frase “de cierto, de cierto os digo” para resaltar esa verdad?

Para ello debemos comprender lo que los judíos entendían con la relación filial Hijo-Padre y la cultura de ellos nos permitirá comprender el sentido de esta declaración de Cristo Jesús, quien siempre buscó que sus contemporáneos entendieran que todo lo que él hacía lo hacía porque el Padre se lo ordenaba.

En el vocabulario judío la manera de identificar a una persona era justamente estableciendo su relación filial. En el Antiguo Testamento todas las genealogías repiten una y otra vez la frase “hijo de” no solo para vincular a un hijo con su padre, hablo en términos humanos, sino para identificarlo.

Cuando Cristo decía que era el Hijo de Dios, se identificaba plenamente con el Padre y esa relación lo identificaba. En términos humanos debía haber dicho yo soy hijo de José y no habría habido ningún problema con los fariseos y escribas, pero al decir que Dios era su Padre generaba una gran oposición porque además de identificarse con él se hacia semejante a él.

En los idiomas hebreo y arameo hay dos palabras para referirse al hijo. Ben y Bar, respectivamente. Cuando oímos el nombre de la película “Ben-Hur” lo que estamos oyendo es el Hijo de Hur en hebreo y cuando leemos que los judíos tienen la ceremonia del “Bar-Miztva” lo que quiere decir es el hijo del deber en arameo.
En griego la palabra para hijo es “huios” con el que se tradujo del hebreo y arameo las palabras “ben” y “bar” y en el griego la expresión denota la misma naturaleza del Padre. Jesús se presentó justamente como el Hijo de Dios y para nosotros la expresión no tiene el mismo sentido que para los israelitas.

Al llamarse Hijo de Dios, Jesús se estaba poniendo en el mismo nivel de Dios, en otras palabras se estaba presentando como Dios mismo y eso era inaceptable para los judíos porque golpeaba fuertemente el judaísmo. Ningún profeta se había presentado con esa credencial, ni muchos menos algún rabino o maestro.

Las palabras de Cristo nos llevan a considerar su deidad. Jesús no era un maestro más. Era Dios mismo visitando la tierra. Jamás puso en tela de juicio o en duda su naturaleza. El se asumió como tal desde niño. Cuando fueron a Jerusalén con María y José y después de extraviarlo tres días lo encontraron en la casa de su Padre, atendiendo sus asuntos allí.

La certeza que hoy estudiamos nace del verso anterior que dice lo siguiente: “Por esto los judíos aun más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.”

Cristo afirmó y reafirmó que era igual a Dios. En otras palabras que era Dios. Lo hizo con una planteamiento sencillo que los judíos comprendieron a cabalidad: se llamó a sí mismo el Hijo de Dios. Idéntico en naturaleza, el mismo en poder, similar en obras y la imagen del Dios invisible.

Las irrefutables certezas de Cristo

La certeza de su deidad

A. Cristo hace lo mismo que Dios
B. Cristo es igual a Dios

Jesús era Dios. Juan lo planteó desde el comienzo de su evangelio con las palabras: En el principio era el Verbo, el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios. Algunas traducciones lo presentan como: En el principio era la palabra, la palabra era con Dios y la palabra era Dios para esclarecer mejor el sentido de la naturaleza de Cristo.

A. Cristo hace lo mismo que Dios

Los judíos reclamaron a Cristo varias cosas. Una de ellas fue sanar en los días de reposo. Les resultaba incomprensible que quebrantara ese día sagrado para ellos. Una y otra vez Jesús les hizo ver que ayudar al prójimo era más importante que guardar ese mandamiento, pero ellos se empencinaron en su idea que era más importante el día de reposo que las personas.

Dios amaba a los perdidos y se compadecía de quienes sufrían y Cristo vino a la tierra a expresar esa realidad, pero los hebreos habían puesto tantos diques a la misericordia de Dios que en lugar de mostrar la bondad divina, mostraban a un Dios vengativo.

Cuando Cristo les dijo que: “no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre” les estaba manifestando que todo lo que hacía era exactamente lo que Dios mismo haría o hacía. Si se acercaba a los perdidos y pecadores como los publicanos y las rameras era porque el Padre quería que ellos conocieran la piedad.

De hecho cuando leemos los evangelios una y otra vez Jesús les dijo que no había venido a llamar a justos al arrepentimiento, sino a pecadores. También les señaló reiteradamente que los sanos no tenían necesidad de un médico, sino los enfermos. Había en sus palabras la expresión de un Padre amoroso.

La mejor estampa de esta verdad la encontramos en la parábola del hijo pródigo. Ese padre era Dios, pero al mismo tiempo era Jesús. Que gran dificultad para los judíos reconocer en ese hombre a Dios mismo. El mismo conflicto que tenemos todos cuando vemos su humanidad y nos resulta difícil aceptar que en realidad ese sencillo maestro era Dios.

Nicodemo le dijo Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro. Y el joven rico le llamó: maestro bueno. A ambos les hizo ver que estaban equivocados en su concepción y lo hizo de manera amorosa y compasiva, tratando en todo momento de hacerlos recapacitar.

B. Cristo es igual a Dios

Cuando cuatro amigos de un paralítico lo llevaron ante Jesús, lo primero que el Señor le dijo a ese sufrido hombre fue que sus pecados estaban perdonados. Fue un tremendo escándalo el que se suscito en la mente de los fariseos y escribas que oyeron esas palabras de Cristo porque de inmediato dijeron en sus corazones: Blasfema este hombre; solo Dios puede perdonar pecados.

Pero Cristo no solo reiteró su afirmacion, sino que la probó con la sanidad del paralítico demostrando que él podía perdonar pecados. La deidad de Cristo fue probada una y otra vez a lo largo de los cuatro evangelios. Sus discípulos lo vieron claramente cuando en medio de la tormenta, le ordenó al viento enmudecer y se hizo grande bonanza, dicen los evangelios.

De hecho el evangelio de Juan nos presenta siete grandes señales que mostraron y demostraron fehacientemente que Jesús era Dios mismo. La conversión del agua en vino dejó atónitos a todos los que acudieron a las bodas de Caná de Galilea y ni que decir de la resurrección de Lázaro que dejó a todos impactados en Betania.

Jesús hizo notorio su poder como ningún otro profeta o maestro que se hubiera levantado en Israel. No podía entonces catalogarse como un rabino más de tantos que había en Israel.
No hay que perder de vista que el evangelio de Juan se escribe para demostrar la divinidad de Cristo ante el aumento de una herejía que negaba su condición divina y la proliferación de falsas enseñanzas que negaban su deidad y por eso Juan nos muestra que él era verdadero Dios.

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