La Biblia dice en Proverbios 7:2

Guarda mis mandamientos y vivirás, y mi ley como las niñas de tus ojos.

Los judíos tienen prescritos en los primeros cinco libros de la Escritura, que llaman Torá, seiscientos trece mandamientos que deben cumplir o guardar. Les llaman estatutos, ordenanzas, palabra y juicios y por supuesto mandamientos y son su brújula para vivir de acuerdo a la voluntad de Dios.

El libro de Proverbios recoge esa verdad y agrega lo que se debe hacer con la revelación divina se debe guardar o cuidar como se cuidan las niñas de los ojos, el iris en términos oftalmológicos, una parte del cuerpo humano sumamente delicada que se debe proteger siempre porque de ella depende la vista, sentido vital para la existencia.

Salomón está dirigiendo estas palabras para hacernos ver el cuidado y la delicadeza con la que debemos no solo tratar la Escritura en nuestras vidas, sino la manera en que debemos ponerla por obra. Es obvio que apela a gran cuidado que debemos tener con la palabra de Dios en nuestra vida diaria.

Se trata de poner toda la atención para evitar infringirla o desafiarla para bien vivir y sobre todo para evitar caer en males que nos pueden costar la vida, solo por no atender lo que Dios dice.

El capítulo siete de Proverbios está dedicado exclusivamente a hablar sobre el adulterio, un mal no solo moral, sino sobre todo espiritual que trae ruina, desgracia y calamidad a la vida de hombres y mujeres y que convierte la alegría matrimonial en reproches, dudas y molestias sin fin.

De hecho, las advertencias sobre este mal comienzan justamente con el llamado a poner atención a lo que Dios ha dicho porque solo de esa manera se podrá evitar a esa clase de mujeres, y también de hombres, que no tienen empacho ni remordimientos a la hora de engañar a sus maridos y esposas y que buscan de cualquier manera vivir una aventura sexual fuera del matrimonio.

El trato que le demos a la palabra de Dios, si la cuidamos y guardamos como se cuida y se protege la niña de los ojos, nos librará de caer en manos de la mujer ajena, de la extraña que ablanda con sus palabras, que rinde a los hombres con la zalamería de sus palabras y los conduce a las cámaras de la muerte.

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