La Biblia dice en Salmos 24:3

“¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede permanecer en su santo templo?”

El salmo veinticuatro fue compuesto para conmemorar la llegada del arca del pacto a Jerusalén. Fue un evento anhelado por el rey David, quien en el primer intento no pudo trasladarla de Siló a la capital de Israel y tuvo que pasar la pena de ver la muerte Uza, quien la tomó cuando parecía caerse.

Sin embargo, finalmente el símbolo nacional de la presencia de Dios entre los judíos pudo hacer su cambio de sede y su llegada a la que sería su hogar por muchos siglos fue festejada de una manera impresionante de parte del rey David, y para dejar constancia de tan singular evento fue escrito el salmo que estamos meditando.

De esa manera Dios quería que los hebreos y nosotros también comprendiéramos la naturaleza no de un artefacto u objeto, sino de su presencia. Quería que tuvieran claro y tuviéramos presente que lo que busca de nosotros es una relación personal, íntima y no una religión basada en preceptos humanos o reliquias que lo suplantaran.

Esa es la razón por la que el salmo comienza expresando que Dios es dueño de todo y luego con la interrogante del perfil que Dios demanda para acercarnos a él. Se trata de dos preguntas que parecen las mismas, pero no porque son dos hecho distintos que nos llevan a reflexionar sobre llegar y permanecer.

Dios no solo quiere que lleguemos a él por unos momentos y luego nos olvidemos de lo que nos dice o hace por nosotros. Eso lo hace mucha gente, hasta los incrédulos que lo invocan, pero luego de que obtienen lo que los acongoja se alejan para tal vez volver en otra ocasión o nunca más acordarse de los bienes recibidos.

Permanecer es justamente lo que Dios quiere que hagamos. La versión Reina Valera 1960 usa la expresión habitar para referirse a un hecho cotidiano como el que experimentamos cuando vivimos en nuestra casa. Salimos y regresamos. Desarrollamos nuestras actividades fuera de allí, pero siempre retornamos porque allí vivimos.

Para llegar y permanecer el salmista nos ofrece algunas requisitos como pureza e integridad, evitar la idolatría y cumplir los compromisos que hacemos con Dios, entre otros.

La presencia de Dios es tan necesaria en nuestras vidas que no debemos escatimar ninguna clase de esfuerzo que él demanda de nosotros. Al final de cuentas nosotros somos los necesitados de su persona y no él de nosotros.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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