La Biblia dice en el salmo 46:8

Venid, ved las obras de Jehová que ha puesto asolamientos en la tierra.

Los salmos y toda la Escritura, desde su comienzo en Génesis hasta el final en Apocalipsis, expresan de manera categórica que el dueño de la tierra es Dios. El libro de los orígenes dice claramente: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”, que la interpretación rabínica sostiene que esa sola declaración establece a Dios como el dueño absoluto de la tierra.

Los salmos son más explícitos en este importante tema porque dicen, por ejemplo, en el salmo veinticuatro: “Del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y lo que en el habitan.” En ese mismo sentido se pronuncia el salmo noventa y cinco: “Porque en su mano están las profundidades de la tierra y las alturas de los montes son suyas. Suyo también el mar, pues él lo hizo. Y sus manos formaron la tierra seca.”

Dicho todo lo anterior que se repite una y otra vez en toda la Biblia podemos entender las palabras del salmista en el texto que hoy meditamos. Si Dios es el dueño de la tierra puede disponer de ella de acuerdo a sus eternos propósitos sin que nada ni nadie puede hacer algo contra sus determinaciones o contra sus designios.

El autor del salmo nos llama a acercarnos a Dios para ver sus obras. Uno supone que esta invitación está destinada para que lleguemos ante la presencia de Dios para contemplar sus poderosas y maravillosas obras, sobre todo las que son buenas o traen bienestar, pero en esta ocasión nos llama a ser espectadores de los asolamientos en la tierra.

Lo que nos llama a ver es la ruina, los estragos, destrucción y devastación que forman parte de las obras que el Creador ejecuta en este mundo. Es interesante notar que los autores de este salmo son lo hijos de Coré, descendientes de aquel rebelde que murió en el desierto tragado por la arena que se abrió para destrucción suya.

Hablan quienes vivieron toda la vida recordando que su ascendiente padeció las consecuencias de su rebeldía y obstinación. Ellos sabían perfectamente el sentido de la palabra desolación.

El llamado no es para que seamos como esos morbosos espectadores o mirones que se recrean mirando la desgracia ajena. No, no se trata de eso, sino es mirar el asolamiento para agradecer que Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones y por tanto no temeremos, aunque la tierra sea removida y se traspasen los montes al corazón del mar, que es como comienza esta plegaria del salmo cuarenta y seis.

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