La Biblia dice en Gálatas 4:4

“Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, que nació de una mujer, sometido a la ley de Moisés.”

Jesús nació en el tiempo de mayor extensión del imperio romano. El poder de los emperadores era inmenso y habían conquistado una gran superficie de los tres continentes entonces conocidos: Europa, África y Asia y Dios juzgó que ese era el momento exacto en que Jesús debía venir a este mundo.

Pablo escribe sobre los tiempos de Dios, sobre su soberano poder para decidir qué hacer, cómo hacer y sobre todo cuándo hacer, siempre en función de sus planes y propósitos eternos, que van permanentemente más allá de donde el hombre puede comprender por lo limitado de su condición.

Para el Creador hace dos mil años se cumplió el tiempo para enviar a su Hijo. Sus consideraciones fueron exactas y perfectas. El diseño divino fue que se encarnara, que viniera al mundo como cualquier ser humano, físicamente sería idéntico a la especie humana y espiritualmente estaría sujeto a la ley de Moisés.

El Salvador del mundo llegaba a este mundo porque así lo había considerado el Señor del Universo. Sujeto al Padre vino a este planeta para dar cumplimiento a la determinación de Dios de salvar a la perdida humanidad con su muerte violenta, cruel y despiadada en la cruz, invento por cierto de los romanos.

Dios siempre actúa de esa manera, sus determinaciones las toma en función de consideraciones soberanas. Decidió que el tiempo de la generación de Noé, por ejemplo, había llegado a su fin y los extinguió, luego consideró que tras cuatroscientos años en Egipto, el tiempo de liberar a su pueblo había llegadoy envió a Moisés a libertar a los judíos.

Todo está perfectamente medido, nada es accidental, en Dios todo tiene un tiempo y una oportunidad. Él se mueve siempre de acuerdo a sus tiempos, no a las exigencias de los hombres o al capricho humano que pide, exige y demanda, como si Dios se moviera de acuerdo a sus necesidades.

Podemos confiar, entonces, en Dios que sabe cuándo actuar, que conoce bien los tiempos y sabe lo que es más conveniente y lo que es mejor para cada uno de nosotros.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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