La Biblia dice en Jeremías 2:13

“Mi pueblo ha cometido un doble pecado: me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se hicieron sus propias cisternas, pozos rotos que no conservan el agua.”

Los hebreos del tiempo de Jeremías se alejaron de Dios porque querían vivir en pecado. Esa decisión fue vista por Dios como la de una persona necesitada de agua y en lugar de permanecer cerca de un manantial o una fuente, se aleja del lugar y para paliar su necesidad construye una cisterna, pero con tan mala fortuna que su pozo filtra el agua.

De ese tamaño era la necedad del pueblo de Israel en el tiempo del profeta que Dios envió aun muy joven a predicarles de manera constante y reiterada porque quería que comprendieran el grave error en el que incurre alguien que se aleja del Señor, ya que su único destino es la extinción.

Dios se presenta como la fuente de agua viva tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Así también lo hizo Cristo, según nos relata el evangelio de Juan, con la mujer samaritana. A ella le ofreció el agua que salta para vida eterna, una manera de llamar a su persona para mostrar que solo Jesús podía llenar los corazones.

Y ese es justamente el gran problema que acarrea distanciarse o separarse del Señor. A la vida de quienes toman esa temeraria determinación lo único que vendrá será una profunda insatisfacción que no podrá ser llenada nunca ni por los más grandes placeres, ni por el dinero y ni por ninguna clase de experiencia.

Engañados por el pecado, la idolatría y los placeres terrenales, los hebreos del tiempo de Jeremías tomaron la fatal decisión de dejar los caminos del Señor, y el resultado fue penoso y lamentable: algunos murieron, otros fueron llevados como esclavos a Babilonia y algunos más quedaron abandonados en la destruida Jerusalén.

Pensar que lejos del Señor nos puede ir bien es tonto porque en realidad lo único cierto de sacar a Dios de nuestras vidas es una profunda falta de lo más elemental para vivir en este mundo que es justamente las ganas de existir. Jeremías advierte sobre el peligro que se corre si dejamos al Señor.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

Deja tu comentario