La Biblia dice en Filipenses 3:14

“Para llegar a la meta y ganar el premio que Dios nos llama a recibir por medio de Jesucristo.”

Pablo tenía muy clara su meta, algo sumamente necesario en la vida de todas las personas porque definido hacia donde vamos o que es lo que queremos lograr en esta vida nuestra estrategia se ve refinada y evita perder el tiempo, en cambio sin una meta definida se va para allá y para acá, sin rumbo, sin dirección.

La palabra “meta” que usa el apóstol procede de la raíz griega “skopos” que literalmente quiere decir una marca que señala el lugar que pone fin a un camino. La palabra se usa desde entonces para indicar donde termina justamente una carrera o competencia donde los corredores debe llegar primero.

Pablo tenía perfectamente marcada la señal o el lugar a donde iba. A esa lugar no importaban sus credenciales de benjamita, fariseo y hebreo. Lo importante en ese lugar era la fe, soportar los padecimientos en Cristo y la esperanza de la resurrección. Lo que no tuviera relación con eso sencillamente lo apartaba de su vida diaria.

Tener una meta es fundamental en esta vida, pero esa meta debe ser consistente, sólida y que al final del camino no nos defraude. Esa es una decisión personal porque hay gente que puede tener como señal de su camino el placer, el dinero o el conocimiento, pero cuando llegué allí puede ser que descubra que esa meta resulte insustancial.

Necesitamos rigurosamente, entonces, un objetivo capaz de hacernos ganar satisfacciones en esta vida y en la venidera. Necesitamos recordar que el fin que perseguimos sea lo poderosamente trascendente para que nunca nos desviemos ante los imponderables, las adversidades o los contratiempos.

Decidir lo que vamos a hacer con nuestra vida es importantísimo porque en ello invertiremos lo más valioso que tenemos en esta vida y que es nuestra existencia. Se trata de una decisión que marcará para siempre lo que somos y hará de nosotros seres satisfechos o insatisfechos.

El apóstol Pablo nos da un ejemplo de un hombre que decidió su meta y nunca se movió de ella: caminar detrás de la cruz de Cristo, sin importar lo que dejaba o lo que padeciera, él estaba seguro de su decisión y de esa manera nos mostró que perseguir un objetivo demanda sacrificio, entrega, dedicación y sobre todo, convicción, de que eso es lo que queremos para nuestra vida.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

Deja tu comentario