La Biblia dice en Josué 3: 5

“Y Josué les dijo: Purifíquense, porque mañana verán al Señor hacer milagros.”

Un día antes de cruzar el río Jordán, Josué, el sucesor de Moisés, le pidió a los judíos que se “santificaran”, dice la versión Reina Valera 1960, en tanto que la versión Dios Habla Hoy utiliza la expresión “purifíquense” para que pudieran ver los milagros que el Señor haría ante ellos para mostrar su poder. 

Lo aconteció al día siguiente fue que las aguas del río Jordán se detuvieron para que el pueblo hebreo pasara del oriente al occidente a la tierra que Dios le había prometido a los patriarcas y que luego de casi quinientos años tenía cumplimiento ante los ojos de una generación que creció en el desierto y que tal vez apenas recordaba las diez plagas. 

Josué no quería que nadie de sus compatriotas se perdiera de ese grandioso evento. Deseaba que todos experimentaran no solo la emoción de ver obrar a Dios. Las emociones van y vienen, sino que los quería listos, preparados para que con una actitud correcta y una predisposición espiritual pudieran entender lo que Dios iba a hacer. 

Nos queda claro con estas palabras que los milagros en nuestra vida solo se aprecian cuando tenemos no solo la actitud correcta, sino cuando tenemos una conexión espiritual con el Señor, de tal manera que estamos listos para contemplar lo que Dios hace, admirarlo y reconocerlo dándole honra y gloria a Dios. 

Es un hecho que los milagros ocurren todos los días de nuestra vida. En ocasiones vemos algunos y muchas veces, otros pasan completamente desapercibidos, no tanto porque no se puedan ver, sino más bien porque nuestra condición espiritual nos impide verlos porque para apreciarlos se necesita justamente lo que Josué le pidió a sus paisanos. 

Josué quería que los judíos pudieran apreciar los milagros del Señor por una razón importantísima: una persona que logra ver lo que Dios hace cuando su diestra de poder se mueve queda no solo impresionada o impactada, sino que nace un temor reverente a la persona de Dios. 

Se trata de acrecentar nuestra fe, nuestra confianza, pero sobre todo nuestra convicción de que seguimos a un Dios vivo, actuante y que de ningún modo deja de obrar. Que siempre está al tanto para obrar a favor de sus hijos. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

Deja tu comentario