La Biblia dice en 2ª de Corintios 4: 18

“Porque no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve, ya que las cosas que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas.”

El apóstol Pablo había descubierto como pocos lo que es más valioso en esta vida y fiel a su amor por los creyentes les compartió esta verdad, que de aceptarla y vivirla, modificaría sustancialmente sus vida ya que tendría la oportunidad de elegir correctamente sus prioridades en este mundo.

Pablo divide en dos las cosas que hay en esta tierra: las que se ven y las que no se ven. Las visibles y las invisibles. Si se vive de manera estrictamente natural o humana solo se alcanzarán a ver las materiales. Todos los seres humanos tienen esa capacidad. Pueden ver las que están frente a ellos. No se necesita ninguna clase de esfuerzo para lograrlo.

La gente que vive así piensa que la muerte es el fin de todo y que después de ello no hay nada más. Como consecuencia de esta idea se busca el placer y disfrutar al máximo lo que este mundo ofrece.

Pero en esta vida también hay cosas que no se ven y paradójicamente o interesantemente son las más valiosas porque son eternas, es decir, trascienden más allá de este mundo y lamentablemente no todos pueden llegar a visualizarlas porque para ello se necesita algo más que nuestros ojos naturales. Para ello, se necesita mirar con el corazón.

Saulo de Tarso había descubierto que detrás de graves problemas como la persecución, los padecimientos y el dolor por seguir a Cristo había un gran peso de eternidad. Había entendido que si solo se enfocaba en las cosas que se veían caería, como muchos, en atender lo pasajero, lo efímero de esta vida.

Para ver lo eterno o lo que no es pasajero se necesita la fe que es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Pablo no tenía la menor duda que una vez que dejara este mundo se encontraría con Cristo. Era un convicción que evidentemente no se veía porque nadie ha muerto y vuelto para decirnos cuál fue su experiencia con Cristo.

Abrazar con todas nuestras fuerzas todo aquello que la fe nos dice tiene un gran valor porque nos eleva por encima de lo que nuestros ojos naturales nos quieren anclar. Lo que no vemos lo descubrimos al confiar en todo lo que Cristo dijo y lo que la palabra de Dios nos muestra.

El reto que tenemos día a día es no dejar de perseguir lo que no se ve y alejarnos de todo aquello que se ve porque es temporal. Es decidir, caminar por una senda en la que muy pocos transitan porque la mayoría de las personas viven atrapadas en lo que se ve y difícilmente se mueven de allí.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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