La Biblia dice en Salmos 26: 9

“No me quites la vida junto con los pecadores; no me hagas correr la suerte de los asesinos.”

La vida de David por muchos años transcurrió en constante y grave peligro. Desde su sencilla labor como pastor de las ovejas de su padre hasta su encumbramiento como guerrero del pueblo de Israel después de derrotar al gigantesco soldado filisteo llamado Goliat, su existencia pendía de un hilo ante la vengativa persecución de Saúl. 

En muchos de sus salmos David expresa sus temores de una muerte repentina, de miedo ante la posibilidad de dejar este mundo de manera violenta a mano de sus innumerables enemigos y por eso le expresa a Dios una de sus peticiones más sentidas: no quería morir junto a los pecadores ni tampoco quería correr la suerte de los asesinos. 

El rey David no quería bajo ningún motivo morir con los malvados y también deseaba con todo su ser no padecer el mismo destino que los asesinos porque la muerte de ellos era absurda, sin sentido, en el momento que menos lo esperaban y cuando tal vez más disfrutaban de la vida. 

La muerte es un evento que a todos acontecerá. Nadie se salvará de ella. Llegará cuando Dios así lo ha determinado. No antes, no después. Y vaya que si David lo sabía. Había visto morir a muchos amigos y enemigos. Había conocido el drama de la muerte como nadie y había visto desaparecer físicamente lo mismo a jóvenes que adultos. 

Y por esa experiencia le súplica a Dios, no que no vaya a morir, sino  más bien que cuando esa experiencia llegué que no sea a la manera de los pecadores y mucho menos de los asesinos porque sabe perfectamente que esas dos clases de personas tiene un fin exageradamente triste. 

Los pecadores y asesinos parten de este mundo de manera muy particular: castigados por sus hechos, con dolor y sufrimiento que se prolonga en la vida de quienes los rodearon: su familia, amigos y vecinos. Su muerte es un acontecimiento que deja asombrados a muchos por la manera en que salen de este mundo.

David pide a Dios que al dejar esta vida sea de la manera más tranquila posible, que no sea antes ni después del plan perfecto que Dios tiene para la vida de cada persona. Que se dé en el momento justo y que no traiga más pesar del que genera la partida de este mundo de las personas. 

En otras palabras, David le pide a Dios dejar esta tierra una vez que haya concluido el propósito por el cual vivió en este planeta. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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