La Biblia dice en Hechos 16: 14

Una de ellas se llamaba Lidia; era de la ciudad de Tiatira y vendía telas finas de púrpura. A esta mujer, que adoraba a Dios y que estaba escuchando, el Señor la movió a poner toda su atención en lo que Pablo decía.

Muchas iglesias del primer siglo fueron fundadas por Pablo con el auxilio de mujeres, luego ya instaladas la participación de ellas como diaconisas fue importante, tal como es el caso de Lidia una rica comerciante que vendía prendas finas en la ciudad de Filipos, una acaudalada ciudad donde vivían ciudadanos romanos mayoritariamente. 

Ella ya tenía conocimiento de Dios cuando Pablo llegó a ese lugar a predicar el evangelio de Jesús y ella creyó con toda su familia y a partir de ese grupo de creyentes Pablo comenzó la edificación de una poderosa congregación que luego lo apoyaría grandemente en su objetivo de llevar el evangelio a todos los rincones del imperio romano. 

Lidia nos recuerda que las mujeres son muy importantes en la iglesia. Que su labor no solo se circunscribe a tener actividades estrictamente menores, sino a ser protagonistas con su labor o trabajo la difusión de las buenas nuevas de salvación poniendo no solo su talento, sino también sus bienes. 

Lidia fue una comerciante que muy probablemente usó los contactos que tenía como vendedora de prendas de telas fina de púrpura para llevar el evangelio a esa importante ciudad del imperio romano y ayudó de esa forma a Pablo a alcanzar personas para Cristo gracias a sus relaciones personales. 

Aunque ella no vuelve a ser mencionada ni el libro de Hechos, ni en la carta a los Filipenses, su nombre quedó registrado para siempre como una manera de reconocimiento a su labor y su entrega por la causa de Cristo, no al frente de una iglesia, tampoco como parte del liderazgo, sino en esa actitud que tanto exalta Jesús: servir sin buscar ser visto ni reconocimiento. 

Y esa es una de las grandes lecciones que no solo Lidia sino muchas mujeres, son solo de la Biblia, sino de la vida cotidiana nos ofrecen: sirven, ayudan, se esfuerzan, pone en riesgo su vida por otros, aman, oran sin ser vistas, lejos de los reflectores, haciéndolo con todo el corazón para cumplir así con los dictados de su conciencia. 

Vivamos, entonces,  agradecidos con esa clase de mujeres que aportan más allá de sus fuerzas para hacer por los demás, que son incansables e indómitas para sacar adelante a los suyos, y en muchas ocasiones, hasta los que no son suyos. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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