Introducción a la 2ª Carta del Apóstol Pedro

Desde sus inicios la iglesia cristiana enfrentó errores doctrinales y de práctica. La segunda carta de Pedro, los escritos de Pablo y otras epístolas son prueba fehaciente que de manera intencional mucha veces se trató de tergiversar el sencillo mensaje de Cristo colocando o promoviéndose enseñanzas fuera del catálogo que Cristo había establecido.

La parábola del trigo y la cizaña que Jesús les enseñó a sus seguidores se materializaba y los apóstoles tenían que combatir las mentiras que comenzaban a circular y a creerse y practicarse en la iglesia primitiva. Las herejías comenzaron muy pronto y sus promotores fueron en muchas ocasiones personas que militaron en la iglesia.

La segunda carta de Pedro se escribió a finales del primer siglo. Poco antes de morir, como lo escribe en este documento, el apóstol escribió verdades sobre los grandes yerros que muchos hombres cometieron con la doctrina de nuestro Señor Jesucristo, yerros que algunos siguen cometiendo por intereses inconfesables.

Y justamente la epístola nos ayudará a entender el origen, las causas y las motivaciones que tenían quienes sin empacho enseñaban y todavía con desparpajo promovían enseñanzas abiertamente opuestas a las verdades del evangelio y nos auxiliará grandemente a comprender el fenómeno que nos ha tocado vivir en estos días.

Porque a nosotros nos ha tocado ver, escuchar y conocer doctrinas completamente alejadas a lo que la Escritura enseña y la razón de esta penosa situación es la falta de rigor en el estudio de la palabra de Dios. Vivimos tiempos peligrosos donde la interpretación bíblica ha dejado su lugar para dar a paso a emociones, ideas humanas y hasta filosofías exóticas.

Pedro vivió en carne propia la intromisión de hombres y mujeres apartados de la verdad, hombres y mujeres que convirtieron en mercadería la fe, que encontraron en la iglesia una razón económica más que espiritual y fincaron en la piedad un deshonesto modo de vida engañando a los creyentes.

La carta nos servirá para tener cuidado, recordar que debemos estar alertas y vivir nuestra fe con precaución de lo que escuchamos sobre todo en tiempos en los que un error puede multiplicarse rápidamente a través de las poderosas redes sociales que hoy juegan un papel fundamental para la reproducción de mensajes buenos y malos.

Antes, una doctrina equivocada podía tardarse mucho tiempo en divulgarse y propagarse, pero hoy en día está a disposición de todos un instrumento que hace que la información y todo lo que se quiera hacer público: el internet es hoy en día un poderoso aliado para quienes quieren enviar mensajes de cualquier naturaleza.

Pedro luchó y nos dejó ese ejemplo para defender nuestra fe, luchar por evitar la intromisión a la iglesia de doctrinas sin sustento y enfáticamente y duramente condenó a los herejes, señaló a quienes lucran con la fe, precisó que hay personas que tergiversan lo que no entienden.

El tono de la carta es muy parecido a la de Judas en la sección donde hace mención de las falsas doctrinas y falsos maestros del capítulo dos. La mención del apóstol Pablo en esta epístola es un reconocimiento y un llamado de atención para saber que lo escrito por Saulo de Tarso es de una profundidad que los indoctos e inconstantes tuercen para su perdición.

Pero también nos recuerda pasajes donde la maldad se acrecentó en el mundo y Dios tuvo que intervenir para sancionar la conducta de personas equivocadas como en el diluvio, como en Sodoma y Gomorra y ni qué decir de Balaam, ejemplo de la ambición económica por medio de la fe, en lugar de la piedad con contentamiento.

Pedro aborda también uno de los temas donde se han presentado y se seguirán presentando grandes yerros: el retorno de nuestro Señor Jesucristo.

La carta de Pedro fue, es y será siempre pertinente, necesaria e indispensable para la iglesia a la hora de reflexionar sobre su práctica, es un termómetro para medir la sanidad de las congregaciones, es a su vez una brújula que nos lleva a puerto seguro en un tema sumamente delicado como lo es la vida espiritual.

Y sí, los cristianos también se equivocan, como lo atestiguan los más de dos mil años de historia de la iglesia donde hemos tenido toda clase de herejías, toda clase de falsas enseñanzas, pero que gracias a Dios se nos anticipó para que estuviéramos alertas y no atender el estudio de la Escritura con mucha diligencia.

Los cristianos pueden llegar a equivocarse tanto que Pedro recurre a un proverbio judío que dice: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en su cieno.

Porque un error doctrinal puede arrojar a las personas a una práctica equivocada que tarde o temprano los llevará de nueva cuenta a su anterior estado solo que con la diferencia es que conocen el bien, pero lo han rechazado para caer en una condición moral y espiritual completamente insana.

Pedro está por partir de este mundo y nos lega esta epístola como un llamado de atención, como una exhortación y, afortunadamente, como un adelanto de lo que sucederá y está sucediendo con la doctrina que él y sus compañero apóstoles recibieron por parte de Jesús cuando caminaron con él.

La carta nos será de gran ayuda siempre para atender con eficacia la palabra de Dios y buscar por todos los medios meditarla y estudiarla con sumo cuidado.

No se sorprendan: Los cristianos también se equivocan

A pesar de tener una fe preciosa
A. Obtenida por la justicia divina
B. Compartida con muchos otros

La Biblia dice en 2 Pedro 1:1-2

Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra:2 Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús.

Desde el inicio de su carta, Pedro nos introduce al tema que va abordar a lo largo de su escrito. Comienza hablándonos de la fe. La fe no solo se traduce como confianza en el Nuevo Testamento. La palabra griega “pistos” de donde se origina también suele traducirse como el cuerpo doctrinal de la iglesia. En Judas 1: 3 tiene ese sentido.

En la primera carta a los Corintios 12 encontramos la fe como un don. A diferencia de la palabra fe usada por Pablo en Efesios 2:8-10 donde la expresión denota certeza y seguridad y por supuesto Hebreos 11: 6 donde se delinea con claridad una definición de la palabra como certeza y convicción de lo que espera y lo que no se ve, respectivamente.

Lo que nos permite afirmar que la palabra fe tiene diversos usos en el Nuevo Testamento y para descubrir su sentido es indispensable conocer el contexto donde ocurre, en el caso de la segunda carta de Pedro la usa para hablarnos de la fe como todas las enseñanzas que fueron anunciadas por los apóstoles.

Esa fe es la que ahora estaba en peligro por tantas falsas enseñanzas que se habían introducido a la iglesia y había que precisar y señalar a los falsos maestros para poder identificarlos, evitarlos y confrontarlos por el grave daño que le causaban a la naciente iglesia cristiana.

Es interesante notar que Pedro califica o adjetiva esa fe. La llama “preciosa”, según traduce la versión Reina Valera 1960. Una fe de “alto valor” traducen otras versiones. La expresión “preciosa” procede del griego “isotimos” que se origina de dos palabras “isos” que significa “igual o iguales” y el vocablo “timé” que quiere decir valor o importancia.

Pedro está atribuyéndole a la fe un calificativo que nos ayuda a entender la razón por la que se tiene que luchar por ella. Es algo valioso, la fe tiene un alto valor y los primeros en comprender esa verdad somos nosotros para valorarla y luego defenderla con todas nuestras fuerzas.

Es un hecho que lo que no vale para nosotros lo descuidamos y no importa si se pierde o sufre algún daño, al final de cuentas no nos costó nada y entonces no hay ningún problema puesto que no tiene ninguna clase de valor y se puede hacer con ella lo que se quiera y podemos llegar a ser tan indiferentes porque nos interesa nada de lo que pase con eso.

Los cristianos del primer siglo olvidaron el valor de la fe y eso trajo como consecuencia un fatal descuido. La doctrina fue abandonada para dar paso a ideas y pensamientos humanos que tomaron de filosofías griegas, religiones paganas y hasta de la superstición a la cual eran muy dados los romanos.

Pero la fe es algo muy valioso que debemos considerar así para cuidarlo y protegerlo como cuidamos lo que para nosotros tiene un precio.

A. Obtenida por la justicia divina

Los seres humanos vivíamos bajo la condenación eterna. La muerte vicaria de Cristo hizo posible nuestra reconciliación. A ese acto se le llama justificación. El sacrificio de Jesús fue suficiente para que el Creador nos declarara justos y a partir de ese momento pudiéramos tener de nueva cuenta comunión con el Padre.

Accedimos, entonces, a las verdades divinas por un acto de plena gracia, una decisión compasiva de parte del Señor que nos quitó para siempre la condenación a la que estábamos sujetos por nuestra pecaminosa naturaleza y nos declaró limpios y puros para estar en su presencia.

Pedro nos dice que la fe es resultado haber alcanzado la justificación. Es evidente, entonces, que una persona que no ha sido justificada por Cristo carece de fe, puede militar en la iglesia, algo muy común en estos días, pero eso no significa que haya nacido de nuevo o que haya sido justificado.

De esa forma nos debe quedar claro que una persona que ha tenido una experiencia de salvación como lo estipula la Biblia comparte no solo la fe como doctrina, sino también el celo de cuidarla y la fortaleza para luchar contra toda clase de error y equivocación sobre la enseñanza de la bendita palabra de Dios.

B. Compartida con muchos otros

Una de las grandes bondades de la fe cristiana es que se vive en comunidad. Nadie puede decir que tiene fe y no tener comunión con otros creyentes. Eso es lo que Pedro nos está diciendo en este pasaje. La fe de él era y es la misma que hoy nosotros tenemos porque está sustentada en la palabra de Dios.

Nadie puede, entonces, crear su propio cuerpo doctrinal sin considerar todo lo que se ha hecho a lo largo de los siglos. Hay antecedentes de lo que la iglesia ha creído y ha rechazado.

No se trata de inventar nada, ni crear una nueva revelación. Pedro dice con toda claridad que la fe es una sola. No hay dos clases o una que tengan los “apóstoles” y otra la de la gente común o la iglesia. No había en tiempos de Pedro como no debería haber ahora una fe en categorías: la del alto clero y la del bajo clero.

La fe es una sola. No hay más. Debemos, en consecuencia, luchar contra todo aquello que perturbe esa fe y nos separe o divida entre quienes se sienten más que los demás y quienes algunos ven como inferiores. Eso nunca existió en la iglesia. No fue la intención ni el propósito de Jesús al fundar la iglesia.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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