La Biblia dice en Juan 20: 27

“Luego dijo a Tomás: Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado. No seas incrédulo; ¡cree!”

De los once discípulos de Jesús, luego de que Judas se quitara la vida, el más renuente en aceptar la resurrección de Jesucristo fue Tomás, al que pusieron por sobrenombre “El dídimo,” que algunas versiones traducen como mellizo y otras como gemelo, porque no solo no aceptó el testimonio de las mujeres, sino la de sus propios compañeros apóstoles. 

Los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas solo lo mencionan en la lista de los apóstoles, solo el evangelio de Juan es el que le menciona en tres ocasiones. Cuando Jesús les explica a los discípulos la muerte de Lázaro, la ocasión cuando le pregunta a Jesús que no sabe el camino para llegar al Padre y finalmente el pasaje de los sucesos posteriores a la resurrección. 

Juan lo hace no para exhibir la incredulidad de su compañero apóstol, sino para reafirmar la verdad de que Cristo venció a la muerte. Lo hace para hacerle ver a los lectores de su evangelio que aun entre los propios discípulos había personas que les resultaba complicado aceptar un hecho tan insólito y fuera de toda lógica, pero eso no le restaba veracidad. 

A Tomás no solo le pegó el hecho de ver a Jesús morir y ser sepultado. Ya tenía dificultades con su fe durante el ministerio de Jesús porque se le hacía difícil comprender la naturaleza divina del Señor que aceptaba sin ninguna dificultad, lo que le resultaba complicado era admitir que era humano y como tal tendría que tendría sufrir y morir. 

Eso lo llevó a la incredulidad, un estado que nace por voluntad propia porque la falta de fe nace de la resistencia de aceptar como verdad algo que no hemos visto, pero que tienen dos, tres, diez, veinte o una gran cantidad de testigos que aseguran un hecho de manera unánime y categórica. 

La incredulidad es un estado espiritual que reduce las posibilidades que en la vida de las personas ocurran milagros. Quién rechaza confiar en Dios se cierra automáticamente las puertas del cielo en la tierra porque cancela toda posibilidad para que Dios se manifieste en su vida al dejar de creer en lo inmensamente grande que es Dios. 

Por eso Jesús se dirige específicamente a su discípulo para conminarlo a dejar de ser un incrédulo y se vuelva un creyente firme y decidido. La tarea que le esperaba junto con sus hermanos apóstoles requería avivar la fe, aceitar la confianza en Dios y creer todo lo que Jesús le había dicho. 

La duda nunca servirá en la vida cristiana porque para agradar a Dios es necesaria la fe porque de ella deviene la certeza de que Dios es galardonador de los que le buscan. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

Deja tu comentario