La Biblia dice en Lucas 1:26

“A los seis meses, Dios mandó al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret.”

Cuando Elisabet tenía seis meses de embarazo, Dios decidió que el tiempo para la anunciación del nacimiento de Jesús era propicio y envió a su ángel llamado Gabriel a un modesto, humilde y despreciado pueblo de Galilea llamado Nazaret, donde radicaba María y su prometido José.

Nazaret era un villa pequeña ubicada al norte de Israel. Se localizaba en una región llamada Galilea que era despreciada en los tiempos de Jesús por todos los judíos que la consideraban intrascendente e indigna, que la veían con un profundo desprecio por considerarlos sin los méritos de la nacionalidad hebrea y por supuesto incrédulos.

Pero allí vivía José y María, aunque en realidad José era originario de Belén, ciudad a la que tuvo que retornar cuando César Augusto obligó a todos los judíos a censarse, y hasta ese lejano lugar envió a su mensajero con una importantísima encomienda: revelar los pormenores de la encarnación del Mesías.

Hay muchas enseñanzas sobre este verso, pero les comparto una que llena mi corazón: no importa dónde estés, puedes encontrarte en lugar más distante de las grandes ciudades o los centros financieros o económicos del mundo, incluso puedes vivir en el país más miserable económicamente hablando del orbe, pero hasta allá irá Dios a buscarte.

Al Señor no le importa lo que la gente opine del lugar donde vives, a él no le interesa si ante los ojos de los hombres está bien o está mal. No. En realidad la diferencia no la hará nunca el lugar donde vives, sino que el Señor esté contigo, como le dijo Gabriel a María en sus primeras palabras que le dirigió.

Los habitantes de Nazaret nunca supieron lo que se estaba gestando desde su ciudad y cuando por fin se les reveló tampoco lo pudieron creer. Los evangelistas nos dicen que allí Jesús no hizo muchos milagros por la incredulidad de ellos, lo que significa que ni el lugar ni las personas que allí viven pueden modificar los planes que Dios tiene para tu vida.

Dios te levantará de allí, como lo hizo con José y María que los convirtió en los padres de Jesús viviendo en lugar y con personas muy duras de corazón porque en realidad lo más importante es conservar nuestro corazón para el Señor, ya que de lo demás él se encargará aún el lugar menos esperado.

No son los lugares ni las personas las que definen lo que Dios quiere hacer contigo, sino su soberana voluntad cuando tu corazón se apresta a servirle incondicionalmente.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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