La Biblia dice en Juan 17: 14  

“Yo les he comunicado tu palabra, pero el mundo los odia porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.”

A Jesús lo odiaron y a sus discípulos también los odiarán. Esa es la conclusión que podemos obtener al examinar parte de la oración que el evangelista Juan registró en su relato sobre la vida de Jesús que nos legó y que orienta sobre los retos y desafíos que habrán de enfrentar los seguidores de Jesús en esta tierra, en donde, por cierto, están de paso.

El evangelio de Juan señala que el mundo ha de odiar a los seguidores de Jesús. Por mundo debemos entender el sistema que controla y gobierna a los seres humanos, nacido del pecado y en consecuencia promotor de todas aquellas desviaciones que sostienen la mentira, alientan la rebelión a Dios y sobre todo alimenta el rechazo de la verdad. 

Jesús elevó una plegaria por todos sus seguidores genuinos porque sabía perfectamente la clase de conflicto que enfrentarían. Supo claramente que el maligno sembraría cizaña, desataría a todos sus demonios y lanzaría todos los dardos malignos posibles contra quienes compartieran sus palabra. De hecho, Jesús fue el primero en sufrir estas contradicciones. 

Las palabras que encontramos en el verso que hoy meditamos nos sirven mucho para saber la clase de conflicto en el que estamos metidos. Se trata de advertir que nos ronda el odio, que el aborrecimiento nos debe ser familiar y que eso no debe ni desalentarnos, ni minar nuestra auto estima porque Jesús sabe lo que pasamos. 

Pensar que en este mundo seremos populares o que seremos reconocidos por nuestras grandes o pequeñas aportaciones es algo sumamente ilusorio. Tendremos el afecto de algunas personas, pero definitivamente habrán muchos odiadores, algunos hasta profesionales que nos harán ver nuestra suerte. 

Pero no debemos olvidar que antes que nosotros experimentásemos esa situación nuestro Señor y Maestro lo vivió y lo que hizo fue encomendar su causa al Creador. No hay otro camino que ese. No hay alternativa porque regresar sería vergonzoso para nuestras vidas porque desagradaríamos a nuestro bendito Salvador, que vio el odio que le tenían hasta en su muerte. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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