La Biblia dice en Levítico 12: 8

“Y si la madre no tiene lo suficiente para un cordero, podrá tomar dos tórtolas o dos pichones de paloma, uno para ofrecerlo en holocausto y otro como sacrificio por el pecado; entonces el sacerdote pedirá el perdón de ella, y ella quedará purificada.”

El nacimiento de un niño o una niña implicaba ofrecer un cordero en el tabernáculo o templo de Jerusalén. En esa ofrenda había una excepción: si la parturienta no contaba con los recursos suficientes para ofrecer un cordero debido a su condición económica, el libro de Levítico autorizaba otra clase de animal. 

Para quienes no tuviera dinero para una ofrenda de este tipo se les autorizaba llevar como ofrenda dos tórtolas o palominos, uno para holocausto u ofrenda del todo quemada y otro para expiación y de esa forma quedaba satisfecha la demanda divina de ir ante el Señor para recordar que es una bendición del Señor tener un hijo o una hija y quedar purificada.

Esta fue la ofrenda que María presentó en el templo de Jerusalén cuando Jesús nació, según nos precisa Lucas 2: 24. Lo que quiere decir que nuestro Señor se identificó con los pobres desde su nacimiento porque sus padres humanos no tuvieron para un cordero como prescribe la Torá hebrea. 

El verso que hoy meditamos nos ofrece diferentes ángulos para meditar. El primero es que se había de llevar una ofrenda cuando un hijo o hija eran conducidos para presentarlos en el templo. No es que la mujer hubiera fallado al tener un hijo o hija y por eso tener que ofrecer una ofrenda por el pecado, sino más bien un recordatorio de su condición mortal y poder dar vida.

El segundo es que, si bien inicialmente la solicitud es que ofrecieran un cordero como ofrenda, si no había recursos para hacerlo, se podían tomar dos tórtolas o palominos, lo que implica que Dios hacía un concesión si las oferentes carecían de recursos para llevar un cordero que evidentemente era más caro que unas aves. 

De esto podemos aprender que inicialmente tenemos un llamado a aportar lo que Dios demanda, pero en caso de no tener lo suficiente para ello, se podía tomar una segunda opción, lo que nos lleva a pensar que esta clase de ofrenda era irrenunciable, es decir que se tenía que ofrecer. Dios no la canceló, sino que la redujo, pero no la eliminó. 

No es que Dios pusiera sobre las mujeres cargas que no pudieran llevar, más bien les ofrecía la posibilidad de ofrendar de acuerdo a sus condiciones. 

Finalmente nos enseña que la única condición que establecía en esta ofrenda es que se debía hacer un ejercicio de sinceridad ante Dios y no aportar un cordero por no tener, pero si se tenía para hacerlo no había razón o excusa para ofrecer dos palominos o tórtolas cuando se tenía para un cordero. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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