La Biblia dice en Marcos 12: 17

“Entonces Jesús les dijo: Pues den al emperador lo que es del emperador, y a Dios lo que es de Dios.”

Jesús no mezcló el reino de los cielos con los gobiernos humanos. A pesar de que llegó a este mundo cuando su pueblo estaba subyugado por el imperio más poderoso de esos días, no alentó derrocarlo, tampoco instruyó a sus seguidores para enfrentar al gobierno injusto y tiránico que representaba Roma. 

Al contrario dejó en claro que lo corresponde hacer con el gobierno se debe hacer y lo que toca al reino celestial debe procurarse todavía con más esfuerzo, empeñó y ahínco, como corresponde a quienes han comprendido que lo más importante y valioso en este mundo es el reino venidero al que nos dirigimos.

El César merece respeto y se lo debemos dar, pero Dios merece nuestra adoración y a ello nos debemos entregar en cuerpo y alma. Los asuntos públicos merecen nuestra atención, pero no tanto como requiere la vida espiritual todo nuestro cuidado y consideración porque ese es el más valioso para nuestras vidas. 

Jesús definió perfectamente qué hacer ante la disyuntiva del gobierno humano y el reino de los cielos. No hay posibilidad de confusión alguna: lo que le corresponde a los gobiernos humanos se les debe dar, pero lo que corresponde a Dios es completamente distinto, porque allí debemos dar la vida misma. 

Sus palabras nos muestran que vivimos en este mundo, que tenemos obligaciones que cumplir, pero que jamás debemos asumir que este es el fin por el que estamos en este mundo, sino más bien que hay límites y fronteras que no debemos traspasar para nuestro bien. 

Jesús quería que sus seguidores cumplieran con las demandas civiles y las obligaciones de gobernados, sin perder de vista que debían también cumplir con los requerimientos que tenemos como hijos de Dios. No quería que descuidáramos nuestras responsabilidades sociales. 

Pero definitivamente tampoco quería que nos enredáramos en los negocios de este mundo porque hay bienes superiores a los que podemos encontrar en este mundo. El orden divino es perfecto. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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