La Biblia dice en Proverbios 28:8

“El que aumenta sus riquezas con usura y crecido interés, para aquel que se compadece de los pobres las aumenta.”

En un solo verso, el sabio Salomón presenta al avaro y codicioso frente al hombre con capacidad de dar a los necesitados, al espléndido con los pobres para presentar un contraste no solo de la actitud frente a las riquezas que se pueden encontrar en esta vida, sino sobre todo al destino final de los bienes materiales.

Dios no está en contra de los tesoros o es un promotor de la pobreza. Para nada. De ser así los patriarcas no hubieran sido hombres con riquezas. Entonces, qué es lo que fastidia a Dios para que se escriban versos en toda la Escritura como el que hoy meditamos: el origen y destino de ellas.

En particular, el proverbista nos ofrece una de las maneras de ganar dinero: por medio de la usura. La usura es el cobro excesivo de interés por una cantidad de dinero prestada a alguna persona. Prestar dinero o pedir prestado dinero es una realidad desde hace siglos. Ese no es el problema. El problema radica en realidad en exigir intereses elevados.

Es una manera de incrementar el dinero, de acumular recursos y amontonar bienes sin el menor sentido de compasión y atención del prójimo de personas que vuelven la obtención de tesoros en el único fin de su existencia. Viven para obtener recursos económicos sin tener cuidado alguno de la forma en que lo alcanzan.

Salomón nos presenta a personas que se compadece de los necesitados y que por esa actitud representan el otro extremo. Los que se apiadan del pobre y lo ayudan en sus necesidades son lo opuesto a quienes solo ven de donde sacar dinero, sin considerar si es lícito moralmente.

La sentencia contenida en este proverbio nos ofrece lo que al final sucederá entre quienes se compadecen de los pobres: todo lo que haya acumulado el avaro usurero en realidad será para quien se apiado de los menesterosos, lo que nos lleva a concluir que la avaricia nunca paga bien.

La idea central de este verso es compadecernos de los necesitados. De extenderle nuestro apoyo en la medida de nuestras posibilidades, de no cerrar nuestro corazón a ellos, de procurar su auxilio. De esa manera en lugar de “perder” dinero lo que en realidad estaremos haciendo será acumular.

Es una sabia paradoja difícil de descubrir: para recibir hay que dar.

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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