La Biblia dice en 2ª Pedro 2: 5

“De esta manera, Dios hará de ustedes, como de piedras vivas, un templo espiritual, un sacerdocio santo, que por medio de Jesucristo ofrezca sacrificios espirituales, agradables a Dios.”

El apóstol Pedro ofreció una perspectiva muy valiosa de lo que representa creer en Jesús. No se trata de una religión fría o rígida, sino de una relación vibrante y viva entre los hijos de Dios y su Creador, de tal suerte que los cristianos son como piedras vivas de un templo espiritual y al mismo tiempo constituyen un sacerdocio santo. 

Para el judaísmo, tanto el templo como el sacerdocio, eran dos elementos esenciales en su relación con Dios, pero la volvieron fría e indiferente. Se mecanizó y de pronto se volvió insulsa, como cuando una comida se prepara sin sal lo que provocó que los hebreos acudieran al templo únicamente a cumplir con una formalidad. 

Pero, en Cristo eso no puede ni debe ocurrir. El creyente es un templo o los creyentes o la iglesia son una casa espiritual y también tienen bajo su responsabilidad un sacerdocio santo, a través de los cuales se ofrecen a Dios sacrificios espirituales al Señor que deben resultar agradables. 

La vida cristiana debe, entonces, entenderse de un ángulo muy distinto al de un culto o servicio frío, inanimado o ritualista, todo lo contrario es una celebración viva, festiva, llena de alegría, pero a la vez de gran solemnidad y respeto porque se adora a quien es también piedra viva. 

Se trata de tener presente permanentemente que el creyente se relaciona con Dios de una manera directa, personal, convirtiéndose en un templo santo y al mismo tiempo en un sacerdote que llega a la presencia de Dios limpio y sin maldad a ofrecer sacrificios de alabanza, es decir frutos de labios que confiesen su nombre. 

Nunca la iglesia fue ideada para tener personas sin alegría. Jamás fue la intención de Dios concentrar un pueblo obligado y forzado a adorarlo, al contrario su ilusión fue la de tener adoradores que comprendieran la magnitud de la grandeza de su llamado para adorar al que vive por los siglos de los siglos.

Recordemos que somos piedras vivas y un sacerdocio santo para que cada que nos congreguemos sepamos el tamaño de nuestro llamado y la enorme bondad de Dios de prescindir del templo y sacerdocio judío para instalarnos a nosotros como su templo y sacerdotes espirituales. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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