La Biblia dice en Salmos 144: 3

“Señor, ¿qué es el hombre, para que pienses en él? ¿Qué es el ser humano, para que tanto lo estimes?

Dios piensa en el ser humano y lo estima estas son dos verdades que David cuestiona a Dios porque el hombre se conduce muchas veces en rebeldía contra el Creador, pero aun así el Señor lo considera y lo aprecia grandemente a la espera de que cambie de actitud para tener comunión con él. 

Hombres y mujeres viven su vida sin tener presente a Dios. Asumen que la vida es suya y la desarrollan de acuerdo a lo que piensan y sienten, distanciados, muchas veces, de la voluntad divina, sin embargo la gracia de Dios sobre ellos es constante: hace salir su sol y hace llover sobre la tierra para que produzca.

Contra lo que muchos piensan Dios no deja de pensar en los seres humanos, ni tampoco deja de apreciarlos, entonces, ¿por qué la maldad se acrecienta en este mundo? La respuesta es simple: los hombres no son robots, tienen voluntad y ejerciendo su voluntad deciden qué hacer y muchos deciden hacer el mal. 

Pero eso no cambia la manera en que Dios ve al hombre. ¿Eso quiere decir que Dios tolera la maldad, e incluso la promueve?, claro que no. Dios está a la espera que la humanidad se vuelva a él y entienda y comprenda que debe volver sus pasos hacia sus caminos a fin de comprender la razón de la existencia humana en este mundo. 

Dios solo da un paso atrás cuando su criatura se empecina en vivir a sus espaldas y entonces lo deja a su libre albedrío y allí es donde no solo se pierde sino que se destruye con ideas y pensamientos que no  nacen de su Creador, sino de él mismo entenebrecido por haberse alejado de la luz verdadera. 

Sin embargo, aun en esa condición Dios mantiene siempre su esperanza que el hombre cambie porque sigue pensando en él y sigue estimándolo porque lo formó del barro y le dio aliento de vida y espera que tenga un momento de lucidez y descubra que Dios solo quiere su bien. 

Dios nos prodiga bienes a todos. A sus hijos y a sus criaturas. Porque siempre está al pendiente de nosotros. Anhela fervientemente que seamos recíprocos y reconozcamos que sin tener nada de valor que ofrecerle se agrada de un corazón lleno de gratitud que le reconoce su estima sobre sus criaturas. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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