La Biblia dice en Salmos 140: 7

“Señor, Señor, mi Salvador poderoso, tú proteges mi cabeza en el combate.”

David fue un guerrero que mostró su valor desde muy joven cuando enfrentó a Goliat y lo derrotó de manera contundente, de tal forma que a partir de ese momento se convirtió en el paladín del ejército de Saúl que amedrentado nunca supo cómo enfrentar al filisteo, que a juicio de David provocaba a los escuadrones del Señor de los ejércitos. 

Antes de ser monarca y cuando ya lo era, David fue un incansable soldado que dirigía a su pueblo en las guerras que sostenía con los pueblos cercanos y lejanos a Israel, y estuvo siempre en peligro de que una flecha, una lanza, una espada o una piedra tocara en su humanidad y lo lesionara e incluso lo matara.  

En el salmo ciento cuarenta él recoge esa experiencia para suplicarle a Dios que no lo deje en manos de sus enemigos, recordando que el Señor es quien protege su cabeza en el combate, asumiendo de esa forma que en una batalla de nada vale nuestra valentía, vigor o capacidad si no es Dios quien nos protege. 

La protección divina es la que hace posible que nuestros adversarios no destruyan nuestra vida como es su deseo y voluntad. El cuidado de Dios sobre nuestra existencia reduce sustancialmente el poder de nuestros enemigos sobre nosotros, particularmente de los que están agazapados, listos a alcanzar sus malvados planes. 

David supo con toda exactitud que había adversarios escondidos que tenían la intención de dañarlo y por eso apela al único ser que podía cuidarlo, protegerlo, resguardarlo y preservarlo. No hay poder humano que pueda prevenir el ataque urdido en lo oculto contra una persona. Solo Dios que es inmensamente grande lo puede hacer. 

Únicamente Dios tiene la prerrogativa y la facultad de levantarse para cuidar de sus hijos antes, durante y después de la batalla. En ocasiones destruye los planes de los enemigos de los hijos de Dios antes que los lleven a cabo, pero otras veces lo que hace es cuidar a sus hijos en medio de la batalla. Para Dios es indistinto. 

Su protección es efectiva siempre. Así ha preservado a Israel hasta ahora y así ha resguardado a su iglesia hasta este siglo XXI porque su diestra es poderosa y nada ni nadie puede contra ella. Al amparo de sus manos siempre estaremos bien cuidados. 

Porfirio Flores
Indígena zapoteco de la sierra norte de Oaxaca, México. Sirvo a Cristo en la ciudad de Oaxaca junto con mi familia. Estoy seguro que la única transformación posible es la que nace de los corazones que son tocados por Dios a través de su palabra.

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